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Este texto tiene casi un año en el tintero, mis queridos primos Iván, Pedrito y Omar me lo han exigido hasta con violencia porque uno de los grandes ridículos que aquí leerán fue protagonizado por esta humilde bloggera que retoma El Ticuí para gotear un poquito.

Clin.

Clin.

**

¿Cómo me iba a imaginar que mis primos eran unos maestros en el arte del alcohol?

Tan serios.

Reservados.

Hoscos.

Casi tartamudos.

Pero, qué manera de fluir con un poco de cerveza y güisqui en su sangre.

Carajo.

Y qué ganas de repetir aquel campamento que inició con una venta-móvil de tinacos y terminó en una cruda infernal. —Para ellos, of course—

**

Las reuniones de los Andraca´s son muy peculiares.

Nadie fuma.

Nadie toma.

No se habla de sexo.

No hay competencias de albures.

Mucho menos groserías escandalosas o chistoretes colorados.

Ni comentarios agrios sobre el matrimonio, las esposas o los hijos.

Me atrevería a decir que son, incluso, un poco aburridas.

En los últimos años lo más predominante en las reuniones familiares son los niños.

Hay espacios y temas exclusivos para la nueva generación de Los Andraca´s, en los que por cierto, cada vez somos más pocos los excluidos.

Lo curioso de todo es que no somos cristianos ni pariente alguno milita en el catolicismo recalcitrante.

¿Y por qué todos somos tan mustios?

¡Sólo Dios lo sabe!

Yo, lo juro por el ombligo chilpancingueño, no tengo la más remota idea.

**

Estaba de vacaciones en mi tierra bendita cercada de narcos, cuando Iván pasó a saludarme a la casa de mis padres.

—¿Qué harás?

—Pues nada, dormiré. Como siempre.

—Nosotros vamos a la costa.

—Ah… que les vaya bien.

—¿No vas con nosotros?

—Mmm… ¿A dónde van?

—A Michigan.

—En tres minutos me arreglo.

Ya sabrán, embutí en una bolsa rosa de Kitty un par de calzones, un bikini negro a rayas rojas y dos camisetas muy coquetas.

**

Dos horas más tarde, Omar no terminaba de amarrar los tinacos en su camioneta especial para transportar tinacos y yo loca-desesperada moría de calor en la cabina del vehículo adaptado para el nuevo negocio de May.

Y por fin, nos despedimos de la tía Lulú.

—¿Qué crees gorda?— me dijo Omar.

—¿Qué?

—Ya es retarde.

—¿Y?

—Mejor vamos hacia la Costa Chica.

—¿Hay playa?

—¡Claro, burra!

—¿Y por qué jodidos no arrancas la camionetota?

**

Estábamos como a 45 grados cuando llegamos a un pueblo llamado “Tres Palos” —no, no es albur, es un texto familiar—.

Ese era nuestro caluroso destino.

Yo, sudada hasta las partes inimaginables, dormía completamente desparramada en la cabina y babeaba gustosamente mi maleta rosada, cuando el dulce Borre me gritó:

—¡Ya, no manches! Te dormiste todo el camino.

—Mmmm…

—¡Despiértate!

—Mmm…

—Necesito que anuncies en el perifoneo que vendemos los tinacos.

Yo ni siquiera había abierto el ojo izquierdo, cuando Omar me bajó a jalones del vehículo.

—¡Órale, huevona!

—…Ge migo… (Qué digo)

—Que hay tinacos Andraplás en la casa de don Guillermo, junto a la escuela primaria Vicente Guerrero y que están muy baratos.

—Mmjum.

**

Intenté aclararme la garganta un poco.

Ejem.

Ejem.

Y por más que tallé, mi ojo izquierdo veía borroso aún. Ni hablar de las marcas de la maleta en mi frente y cachete. O de mi pierna derecha entumida, con hormiguitas correteándome las venas.

—¿Y sirve esta chingadera? ¡Jajaja! Está re viejita.

—¡Ya, gorda!

—¡Buenas tardes, gente!— grité en el aparato de sonido que retumbaba en el pueblito costeño.

Esperé respuesta, pero fue en vano.

—¡Gorda!

—…Venimos a vender tinacos Rotoplás…— grité amodorrada en el micrófono.

—¡No seas burra! ¡Andraplás! ¡A-n-d-r-a-p-l-á-s!—susurró mi primito.

—…Ah sí, sí… Venimos a vender Rotoplás marca Andraplás de 20 litros de capacidad…

—¿20 litros? ¡Babosa! ¡Esos son los garrafones! Son de mil litros…

—…Ah sí, sí…los Rotoplás son Andraplás y les cabe mucha, hartísima, agua y estamos vendiendo los tinacos en la casa de Vicente, junto a la primaria de don Guillermo…

—¡Ya, Selene! ¿Qué estás loca?

—… Perdón, perdón… estamos en la casa de Don Guillermo, junto a la escuela Vicente Guerrero… ¡No pierda su oportunidad! ¡Sólo por hoy! ¡Gracias! Los esperamos. Llévelo, llévelo, llévelo…—alcancé a decir antes que Omar apagara el aparatejo.

—Ya, ya, ya.

—Pues no me explicas bien, menso.

—Pues tú eres la comunicóloga y ni siquiera puedes hacer un anuncio.

—Hice lo que pude, además me despertaste a chingadazos. Yo escribo, no ando haciendo anuncios en la calle, ni vendo periódicos a gritos en las esquinas.

—¡Pinche gorda!

**

Casi a las seis de la tarde agarramos camino hacia la playa, y como estaba el horario de verano, llegamos ya con la oscuridad a cuestas.

Iván y Omar comenzaron a armar la casa de campaña, mientras un par de amigos suyos —cuyos nombres he olvidado— los ayudaban fervientemente.

Mientras ellos se ocupaban del refugio, me dirigí a la palapa a ordenar la cena.

Ya no había nada, porque era muy noche.

Sólo cervezas y refrescos nos venderían.

Ellos felices y yo un poco decepcionada.

Nos sentamos en una mesita de madera apolillada y comenzamos a platicar de mil y un cosas.

La plática nos llevó hasta la preparación del caldo de camarón.

A eso de las ocho de la noche, Pedrito hizo contacto con nosotros.

—Que Pedro viene para acá.

—Dile que traiga algo de comer— intervine.

—¿Qué si quieren algo más?

—Sí, que traiga alcohol.

—¿Que qué tomas, Selene?

—Mmm… pues… güiski está bien.

—¿Una o dos?

—¡Una! Con una, nomás.

**

Antes de las nueve de la noche, la propietaria de la palapa donde nos instalamos se acercó a Iván y sus amigos:

—Mijo, les dejo el refri abierto.

—Sí, señora, gracias.

—Mañana hacemos cuentas de lo que consuman.

—Sí, señora, gracias. ¿Hay muchas cervezas?

—Pues como 60, yo creo que sí les alcanza.

—Ja, ja, ja… Gracias.

**

Cuando Pedrito llegó, los Andraca´s y sus amigos ya estaban entonados.

Muy entonados.

Pedro tardó 15 minutos en emparejarlos, pues salía de una fiesta en Acapulco y ya traía unos cuantos grados de alcohol en su cuerpezote.

Evidentemente, la plática llegó a terrenos prohibidos para el ambiente familiar.

¡Sexo!

Ay Dios, quién me manda a escuchar semejantes pláticas.

Iván nos contó sus posiciones favoritas.

Omar, un hombre ya arrejuntado, se limitó a escuchar y a reírse de su hermano.

Prudente, yo, no toqué mis asuntos sexuales.

Pero el ambiente estaba en su punto.

Luna llena.

Clima caluroso.

Mucho alcohol.

Puros hombres.

Una loca desmadrosa entre ellos que orinaba a escasos metros de ellos por temor a los malditos perros que custodiaban los sanitarios.

Y entonces Pedrito, el guapo soltó:

—Pues, yo no sé qué tengo, pero la neta las viejas me lo piden a gritos.

—¡Ay, Pedro!

—¡Es neta!

—Miren, el otro día una de las muchachas que me renta llegó a la casa bien borracha. Ya estaba bien dormido, y que me grita que la bajara a ver. Yo bajé, pues y la ayudé a acostarse. Ya en la cama me dijo que qué onda. Yo muy respetuoso le dije que se durmiera tranquila y me subí a mi cuarto a dormir.

—¿Y luego?— preguntó Iván.

— Pues nada, pero me la pedía a gritos.

Todos nos carcajeamos…

—El caso señores es que algo tengo, pues. Algo tengo…

—¿Qué es de chocolate o qué?— le pregunté.

—En serio, Selene, nomás sienten la puntita y gritan como locas…

—¡No mames! ¡No m-a-m-e-s!

—Neta, nomás me sienten la puntita de la verga y enloquecen…¡Gritan! “¡Aaah! ¡Ahh! ¡Aahh!” Yo digo, si no estoy haciendo nada y ya están bien mojadas…

Iú.

Doble iú.

**

Cerca de las cuatro de la mañana, me disculpé y me retiré a la casa de campaña, advirtiéndoles que me levantaría muy temprano para correr en la playa.

Ya acostada le pedí a Omar un vaso con agua.

Me dormí unos minutos en el transcurso del vaso de agua.

Soñé que había viajado en un cohete a la luna.

—Gorda, gorda…

—…

—¡Gorda, gorda!— Dijo Omar abriendo la casa de campaña.

Yo me senté en automático y observé la arena gris y las dunas plateadas.

“¡Jesús estoy en la luna!”, pensé.

—Gorda, goooorda…

—¿Qué, ya me bajo del cohete?

—¿De qué hablas, mensa?

—¿Del cohete? ¿Ya llegamos a la luna?

—¿Qué estás peda?

—Ja, ja, ja… estaba soñando.

—¡Tómate tu agua y ya duérmete, borracha!

—No estoy borracha, estaba dormida.

—Ajá sí, cómo quieras.

**

Escuché las voces y las opiniones sobre la cualidad de Pedro de hacer gritar a las mujeres sólo con la puntita unos minutos.

Después, caí desmayada en un sueño profundo hasta que los gritos se volvieron berridos y la brisa marina, una lluvia de patadas sobre mí.

—¡Órale, levántate! ¡Levántate!

—¡Pinche, gorda! ¿Qué no ibas a correr? ¡A correr! ¡A correr! ¡A correr!

—¡No, manches son las seis, nomás dormí dos horas!

—¡A correr, a correr!

—¡Quiero dormir!

—¡Arriba, arriba, arriba!

Mis primos perfectamente borrachos colapsaron la casa de campaña y me vi obligada a salirme del refugio.

Me puse los tennis y los seguí.

—No corran, están borrachos…¡Iván, Pedro, Omaaaaar! ¿Qué están locos?

—Na gardaaaa, she vamosh mpañar a correr…— balbuceó Iván.

—Pero están bien borrachos.

—Esho oon mmpórta…¡Órrele, che ordaaaaa!— dijo Pedrito.

—¡Pinches locos!

**

Caminé un kilómetro a su lado, hasta que comenzaron a correr como rateros.

—Amosh todosh a correr.

—Que nadie she quede atrash…

Ja, ja, ja.

Ya no los seguí.

Menos con sus cánticos militares embriagados.

Caminé otro tanto y me regresé al percatarme que nunca los alcanzaría.

Pedro e Iván tenían el objetivo de llegar corriendo a la barra, allá donde se junta el mar con la laguna. Según la información recabada, la distancia eran más de tres kilómetros.

Omar, menos borracho que el otro par, se fue tras ellos para cuidarlos.

Súbitamente, Iván dejó de correr.

—Engo shueño —dijo y se tiró a la arena.

Como desmayado.

Omar se acercó y le pidió que se levantara.

Iván no reaccionó.

Se acomodó y se durmió en la arena.

**

Yo estaba acostada en la hamaca y a lo lejos vi una cuatrimoto.

Me puse de pié.

Omar corría junto a la patrulla motorizada.

Iván yacía como costal de papas en el asiento trasero.

—¿Qué pasó?— pregunté.

—Este pendejo se desmayó y me lo traje en la moto.

—Ja, ja, ja.

—¡Gracias, policías!

—De nada. Hasta luego.

Ya acuéstalo en la hamaca.

—¿Y Pedro?

—Allá viene, míralo.

—Pinche gorda, ni fuiste a correr conmigo— balbuceó Iván.

—Ya duérmete, pinche borracho.