Andrés Manuel López Obrador (AMLO), a unos días de dejar el cargo, es un presidente que no se desconectó del pueblo como aseguró en su sexto informe de Gobierno.
Este domingo, AMLO leyó su sexto y último informe de Gobierno, con el cual transformó la anquilosada ceremonia del informe en un acto político de legitimación popular.
También trasladó su retórica nacionalista del siglo pasado a la audiencia y enunció las premisas de su credo ideológico.
Andrés Manuel López Obrador cerró el discurso con la frase: “Queremos kratos con demos”. Una vez más, desde el éxodo por la democracia en 1991; las marchas contra desafuero en 2005; las protestas contra la reforma energética en 2013; y, el plantón de 2006, ahí estaba AMLO llenando plazas y así se mantuvo.
Conectarse con las masas
Conectarse con el pueblo es algo que se escribe en un enunciado y podría parecer algo obvio o un elogio. Pero, en el caso de AMLO es el resultado de sentirse pueblo y ser del pueblo.
Algo que tortura a los mercadólogos es la conexión del líder con la gente, ¿cómo percibe el pueblo al gobernante? Esa pregunta tan sencilla también posee respuestas sencillas.
Por eso, la mercadotecnia la compran los políticos que no tienen nada que ofrecerle al pueblo. La conexión de AMLO con el pueblo no es algo mágico ni metafísico, es el resultado de algunas variables.
- El cansancio de los gobiernos neoliberales y sus gobernantes
- El deseo de que México sea una nación y una gran nación. Algo así como un revival del nacionalismo del Estado posrevolucionario más los ingredientes políticos de la izquierda mexicana antineoliberal del nuevo siglo
- Es un proceso social, en la que el obradorismo, resultado de luchas sociales, movimientos contra el fraude electoral, organización política, etc., encabeza una larga lucha electoral para ganar el gobierno en el 2018.
AMLO conservó su identidad y fue evidente en su sexto informe de Gobierno, es decir, siguió siendo “El Peje”.
O por lo menos, la gente recibió al presidente López Obrador como alguien de ellos. Por supuesto, no se trata de tomarse fotos para Instagram tomando un atolito de masa.
Los medios hegemónicos y su vieja agenda
Los medios hegemónicos no se salieron del script. Siguieron concibiendo a Andrés Manuel López Obrador como el “enemigo a vencer”.
Las televisoras y los oligarcas lo siguieron odiando después de seis añitos de ser presidente de México.
A AMLO ni las televisoras ni los medios lo hicieron presidente. Por el contrario, televisoras y medios –algunos hegemónicos– volvieron dogma y deporte nacional descalificar todas las políticas del presidente.
Los medios y las televisoras que defendieron a los presidentes del pasado, sahumaron sus bandas presidenciales y anularon a la disidencia. Pero desde el 2018 fueron los tenaces críticos de un gobierno popular y con popularidad.
Una acotación necesaria: la cuarta transformación dejó pendiente una política de comunicación que privilegiara a las audiencias, la comunicación popular, y que diferenciara entre información de propaganda. Esa es una discusión pendiente, que a los medios de comunicación ni a los gobiernos, les interesa entrarle.
La retórica y la narrativa para las masas
Andrés Manuel impuso una narrativa sobre el país, el gobierno, el fin del neoliberalismo en México. Y también de la construcción de un nuevo país sobre las bases del viejo Estado posrevolucionario, hoy, tuneado con la retórica de la Cuarta Transformación.
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La política de rituales
Político de rituales: AMLO llenó el zócalo; político de masas y de pueblo: AMLO hizo el plantón de reforma; político de masas, de pueblo y de calle: AMLO se nombró “presidente legítimo”.
AMLO regresó a ese centro simbólico que es la plancha del Zócalo de la Ciudad de México. Ahí donde protestaron los estudiantes universitarios en 1968. Ahí donde los cardenistas, los socialistas y los priistas nacionalistas llegaron para pedir que México suspendiera el pago de la deuda.
El Zócalo al que llegó la marcha zapatista. El Zócalo desde el que Roger Waters hizo cimbrar la noche del octubre del 2016.
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