La normalización de la violencia es aún peor que el cinismo político.
Hace 46 años, en diciembre de 1978, el presidente López Portillo expresó una frase demoledora: “lo peor que le puede pasar a México es convertirse en un país de cínicos”. Por supuesto, el entonces mandatario se mordió la lengua.
Sin embargo, era claro el riesgo político que se dejaba entrever en aquel México.
A casi 50 años de distancia aparece otro peligro aún mayor: que los mexicanos se acostumbren al estruendo de las balas y normalicen la violencia.
Aún no sucede, pero estamos al borde de un país indolente ante las víctimas. Tal y como ocurrió en Colombia.
En los últimos días se perpetraron tres crímenes que sacudieron a la opinión pública.
El asesinato del presidente municipal de Chilpancingo, Guerrero, Alejandro Arcos Catalán conmocionó porque se trataba de un alcalde joven, una promesa de la política guerrerense, un hombre limpio que tenía las mejores intenciones para su municipio.
Las imágenes revelaron un crimen bestial. La cabeza decapitada del edil sobre el toldo de una camioneta fue el mensaje de un cártel que dice: “Nadie por encima de nosotros”.
En el extremo sur el homicidio del sacerdote indígena Marcelo Pérez Pérez en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, también estremeció a la nación. En aquel estado la ejecución tuvo un profundo impacto social.

Desde los tiempos del Obispo Samuel Ruiz García -el mítico “Tatik”-, los religiosos autóctonos tienen una estrecha identificación con los pueblos de su región.
En otro punto de la geografía nacional, hace unas horas en Uruapan, Michoacán fue acribillado el periodista Mauricio Cruz Solís cuando terminaba una transmisión informativa.
Estos crímenes son sucesos de alto impacto que sacuden a la opinión pública.
Lamentablemente no sucede así con otros hechos, como las víctimas de las Fuerzas Armadas en el estado de Tamaulipas o las decenas de homicidios en Sinaloa por la guerra intestina.
Algunos homicidios estremecen a la sociedad, otros tienen escasa resonancia; no van más allá de una escueta nota en los medios.
Es como si hubiera homicidios “de primera” y otros sin relevancia.
En la conferencia matutina de Palacio Nacional solamente se abordan temas de alto impacto, pero rara vez van más allá de las condolencias de cajón.
Ninguno de los tres homicidios aquí citados ameritó que fueran atraídos por la Fiscalía General de la República (FGR), por lo tanto, permanecerán bajo la “competencia” de las fiscalías estatales.
La situación del país continúa exactamente igual que en los sexenios de Felipe Calderón, Peña Nieto y López Obrador.
La mal llamada “guerra” contra el crimen organizado solo es la demostración de profundas colusiones entre delincuentes y políticos.
Hemos sido testigos de tres sexenios de narcopolítica y todo apunta que vamos para el cuarto.
Miles de vidas perdidas y otras tantas de personas desaparecidas rebasan los escenarios de violencia de Medio Oriente o cualquier país del llamado tercer mundo.
Ahora en conferencias matutinas se presentan gráficas que aseguran un abrupto, drástico descenso en los homicidios. Como si en unos días del nuevo sexenio pudieran contener la violencia.
Una lectura de la realidad nacional nos muestra otra faceta.
Lo cierto es que están más cerca de Felipe Calderón que de Nayib Bukele.
Como siempre quedo a sus órdenes.
X @CupulaPuebla
cupula99@yahoo.com
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