La cuestionada recomposición del Partido Acción Nacional (PAN) en Puebla consolida un liderazgo de mayorías para Mario Riestra, acompañado de la falta de coherencia entre lo local y la encrucijada nacional que exige un relanzamiento de fondo, más allá de la mera retórica o un logotipo que parece más de jabón para ropa que de un partido político.
En este contexto, la situación en Puebla es un microcosmos que ilustra tanto los desafíos internos como las oportunidades para el partido, especialmente tras la reciente asamblea que consolidó el control de Mario Riestra Piña sobre el Comité Directivo Estatal (CDE).
La asamblea reciente, en la que Mario Riestra asumió o afianzó el liderazgo en el CDE poblano, logró mantener una mayoría significativa en la estructura, no es un hecho menor, pero tuvo cuestionamientos por el uso de acordeones y por la advertencia de una lista preaprobada de consejeros que dimos a conocer en este espacio y que prácticamente salió casi idéntica.
En la política interna del PAN, dominar el CDE es crucial, pues le permite a Riestra tener mayor control sobre las candidaturas y la definición de la línea política del partido en el estado rumbo a 2027. Deja fuera o neutraliza a los opositores y minimiza la capacidad de acción de corrientes internas disidentes, lo que, si bien otorga estabilidad, también conlleva el riesgo de generar un liderazgo cerrado y poco plural. Además, abre la puerta a dotar a Movimiento Ciudadano de muchos cuadros que ya están tocando las golondrinas.
Sí al controlar la estructura partidista, Riestra se posiciona como el líder indiscutible del panismo poblano, un capital político fundamental para futuras aspiraciones, particularmente tras su reciente –y desastrosa– candidatura a la alcaldía de Puebla. Sin embargo, su poca crítica al Poder Ejecutivo hace cuestionable ese liderazgo poco creíble como líder de la oposición.
El PAN, a nivel federal, enfrenta una crisis de identidad y resultados. La necesidad de su “relanzamiento” implica su redefinición. ¿De verdad es posible, en el contexto nacional, el recuperar la esencia de la democracia religiosa y el humanismo político, distanciándose de ser percibido meramente como un partido anti-Morena?.
El relanzamiento de Acción Nacional debería ser no solo de logotipo. Debería fundamentar porque es urgente una generación de líderes frescos y cercanos a la ciudadanía, que no estén vinculados a los escándalos o derrotas del pasado. Algo que está muy lejos de ocurrir realmente en el PAN. Además, urge que deje ser visto como el partido enfocado únicamente en la cúpula empresarial o los cuadros tradicionales y extender su base social a sectores marginados y jóvenes, con propuestas concretas y no solo críticas.
En este punto, la consolidación de Riestra en Puebla puede ser un arma de doble filo: por un lado, ofrece una cara nueva y la oportunidad de inyectar una dinámica renovada en el estado. Pero, por otro, la percepción de un control absoluto podría ser vista como una contradicción al espíritu democrático y plural que el PAN dice buscar en su relanzamiento.
Puebla, históricamente un bastión panista que ha virado drásticamente en favor de Morena en los últimos ciclos electorales, necesita una oposición efectiva. Cosa que aún no se ve en Riestra.
Carece de voz crítica y constructiva hacia el gobierno de Puebla y se ha enfocado en acudir a municipios. Como aquel niño bravucón de sexto de primaria que corre a patear a sus compañeritos de primer grado.
El PAN de Riestra debe trascender de la simple denuncia a presentar alternativas viables a los problemas de seguridad, economía y desarrollo social del estado. Cosas que urgen.
La consolidación del poder de la cúpula de Mario Riestra no se medirá por cuántos espacios del CDE controla, sino por su capacidad para reconectar con la ciudadanía y convertirse en una alternativa de gobierno creíble y diferenciada, capitalizando su liderazgo para proyectar un panismo moderno y eficaz. Algo que aún se ve muy lejano en Puebla.
El control total de Mario Riestra genera exclusión, las derrotas de 2024 magnifican las fisuras, y el PAN no logra construir un mensaje que resuene con el electorado.
El control interno del CDE se percibe como una imposición de cúpula, lo que provoca la ruptura de liderazgos inconformes que migran a otros partidos o se retiran. Hay una guerra interna constante por las secretarías y las posiciones.
El partido se consume en su agenda interna, perdiendo foco en los problemas de la ciudadanía. La alianza opositora (PRI/PRD) se desmorona por falta de confianza, y el PAN es visto como un partido sectario y en declive.
El gobierno de Morena es eficiente aún en movilización, y esto se volverá a notar en 2027. Dicho a distancia, desde ya se puede decir que el PAN no logrará capitalizar ninguna falla del gobierno, que mantiene una hegemonía total en el discurso público. Muy a pesar de la sociedad que comienza a notar fallas garrafales de Morena, por ejemplo, en el manejo de la crisis tras las lluvias.
El PAN enfrenta una crisis de identidad y de cuadros. Pierde militantes clave y esto, aunque lo minimice Riestra y compañía, provoca que su voto duro se reduzca.
La marca PAN se debilita y el partido queda marginado en la contienda por la Gubernatura rumbo a 2030. Sin un candidato viable y siendo relegado al papel de partido satélite dentro de alguna coalición (o incluso compitiendo en solitario y sin oportunidad).
Lo que parece que realmente tiene en sus manos Riestra es la lucha principal por la supervivencia de su registro y su financiamiento. Administrará solamente la crisis del partido hasta que decida hundirlo o ahogarse con él.
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