El viaje de la libélula

Preguntas frecuentes al abordar la muerte de un ser querido con niños.

- Foto: Rayas

 

Por Aurora Reyes /

 

Como adultos, la concepción de la muerte es un constructo del que nos apropiamos a lo largo del tiempo, siendo una mezcla de nuestras experiencias vitales que conjunta lo que nos ha sido dicho sobre la muerte misma, tanto lo que hemos percibido a través de las reacciones de los otros frente a situaciones de pérdida. También comprende manifestaciones culturales que reproducimos, junto a valores y creencias aprendidas que se entretejen con nuestra identidad y que poco a poco van cobrando mayor sentido para nosotros, influyendo la disposición con la que nos aproximamos a nuestra propia mortalidad y a la de los demás. Así, pienso que como mexicanos tenemos una comprensión de la muerte bastante compleja, pudiendo tornarse confusa y difícil de procesar, tanto para niños y adultos.

Así, un primer punto que abordo en consultoría con padres o en sesiones de asesoramiento para el manejo de la pérdida con niños es cuán útil resulta que los adultos exploren su propia postura frente a la muerte, que revisen la historia de sus propias pérdidas, que recuerden cómo las atravesaron y cuáles eran sus necesidades del momento, sobre todo, cuáles fueron sus formas de aproximarse al entendimiento de la muerte, para que de ese modo su forma de acompañar al menor sea más consciente, responsable y, por ende, mucho más sana.

A mi parecer, lo anterior da bastante tarea a los adultos, pues gran parte de nuestra percepción sobre la muerte se guía por las prácticas y discursos que nos fueron heredados y que gestan posturas tan variadas como contradictorias de las cuales no siempre somos conscientes. Pensemos, por ejemplo, en nuestro mundialmente reconocido “Día de Muertos”, una ocasión en la que nuestra aproximación a la muerte se torna festiva y nos permitimos, si bien con nostalgia, recordar a nuestros muertos. Así, contraponiéndose a un ambiente de celebración, nos encontramos dinámicas más ordinarias en las que la simple idea de la muerte es alarmante, atemorizante y, en ocasiones, hasta resulta molesta e incómoda. Quizás te resulte conocida la escena familiar en la que algún adulto mayor explora en voz alta la posibilidad de su propia muerte, siendo silenciado por la intervención de otros que se apresuran a decir algo como “¡no digas esas cosas!” o “mejor no pienses en eso”, casi como si el comentario hubiese sido una ofensa. Por supuesto, resulta evidente que la muerte no es una experiencia deseable y tampoco resulta cómoda de asociar para con nuestros seres queridos, sin embargo, es una condición humana que naturalmente forma parte de nosotros desde el momento que poseemos vida.

Cuando una persona adulta se enfrenta a comunicar la muerte de un ser querido a un niño, las predisposiciones que tenía aprendidas sobre la muerte salen a flote y de no tenerlas presentes pueden inundar de preocupación y miedo el momento de extender la noticia al menor, aunque en el fondo es común que sólo sea el reflejo de la propia experiencia vivida y que se asume será la misma para el pequeño o pequeña (“tengo miedo de que sufra” quizás hable más del sufrimiento propio; “no sé si vaya a entenderlo” puede ser más sobre la inseguridad de no saber cómo abordar las preguntas que pudiera surgirle al niño; “no sé si deba esperar para contarle” posiblemente nos indique que también el adulto es quien necesita tiempo para estar listo y procesar el evento, etc.). Entre más consciente esté el adulto de su experiencia frente a la pérdida, será más capaz de acompañar el proceso del menor, pues sabrá diferenciar entre lo suyo y lo ajeno.

Quisiera seguir con un tono reflexivo y apuntar tantas cosas más sobre el tema de la muerte para el manejo de las pérdidas con los niños -y quizás lo haga en otro espacio o en otro texto-, sin embargo, será más prudente que por ahora me limite a aspectos muy particulares. Así, a modo de preguntas y respuestas, atenderé algunas de las dudas que con mayor frecuencia me extienden las personas a las que acompaño en sesiones de consultoría y asesoría parental cuando se enfrentan a la necesidad de comunicarle a sus pequeños de la muerte de un ser querido.

  1. ¿Se lo tengo que decir?

Por supuesto que sí. Los niños tienen derecho a ser informados de la muerte de un ser amado. Frecuentemente, el retener esta información y no hacerla de su conocimiento tendrá efectos negativos que llegan a influir en su sentido de pertenencia con la familia, puede hacerle sentir ignorado o que no le consideraron importante, además de que seguramente generaré incertidumbre, puede llegar a confundirlo mucho más al ignorar la situación, sobre todo si el ambiente familiar manifiesta emociones o procesos de duelo que le interpelen mas quedan fuera de su entendimiento.

  1. ¿Cuándo es momento de contarle?

Lo más pronto posible al deceso. La postergación de la noticia no es recomendable, aunque tampoco requiere que sea inmediato. Tendrá mucho que ver con la disposición con la que se le comunique, por lo que el estado en el que se encuentre el adulto responsable será fundamental para facilitar el acompañamiento y la posible contención del menor.

Por otro lado, el lugar es igualmente importante, por lo que procuraremos siempre hacerlo en un lugar íntimo para facilitar la expresión de sus emociones en un ambiente seguro y confiable.

  1. ¿Cómo se lo digo?

Con economía de palabras, es decir, intentando ser lo más concretos posibles, pero lo más importante sería expresarlo con lenguaje claro y una disposición sincera.

También es recomendable que ante las preguntas que pueda lanzar el pequeño, evitemos respuestas tajantes o rotundas, es decir, las respuestas inmediatas o apresuradas que inicien con un “sí” o un “no”, pues pueden ser abruptas y difíciles de procesar. Ejemplo: si el niño pregunta “¿entonces abuelito ya no existe?” sería contraproducente decir tanto “sí, sí existe” o “no, ya no existe abuelito” porque son dos polaridades que en realidad no dan respuesta a lo que está intentando comprender el menor y pudieran confundirle. Algo más adecuado sería aludir a la posibilidad de que su recuerdo siempre será algo a lo que podrá acceder, aunque su abuelo ya no va a volver a la vida, puesto en un lenguaje que pueda comprender según su etapa de desarrollo.

  1. ¿Quién debe de comunicárselo?

Los padres siempre tienen prioridad, aunque esto es así porque se asume que el vínculo afectivo y la cercanía son primordialmente significativas. Así, en ausencia de los padres, lo recomendado suele ser que alguna otra persona al interior de la familia que comparta un vínculo significativo y que le sea familiar al menor, que le inspire confianza y seguridad sea quien inicie la conversación y este principio se recorre hasta la persona que mejor cumpla con estas características y que esté disponible en primer lugar si llegasen a faltar los más allegados.

 

  1. ¿Qué tanto le debo contar?

Usualmente esta pregunta lleva de fondo una preocupación enorme o el temor porque los niños experimenten dolor, pero el dolor es una experiencia humana y los pequeños también tienen derecho a atravesar su propio duelo.

En otras ocasiones, por la naturaleza de la muerte, existe mucha inseguridad de enfrentarse a las preguntas que puedan hacer los niños, por lo que al comunicar se partirá siempre de lo esencial y poco a poco se podrán construir los detalles. Inclusive, puede avanzarse con pausas para esperar a que el niño elabore sus propias preguntas conforme su necesidad de comprender la situación.

Hay que recordar que la información se puede dar de modo gradual, no hay prisa en agotar los detalles, así que no es necesario precipitarse a responder rápido. Respirar profundo y meditar nuestras respuestas antes de hacer una devolución a las dudas del menor es totalmente válido.

 

  1. ¿Qué le digo si me pregunta algo que no sé cómo responderle?

Simple: le dices justamente eso. Reconocer cuando no sabemos la respuesta es válido y altamente recomendable, porque los adultos tampoco tenemos todas las respuestas.

Además, el momento de comunicar también provoca emociones en los adultos y tendrán derecho a establecer límites saludables, para delimitar qué sí y qué no formará parte del diálogo, el cual deberá ser siempre genuino, cómodo y sincero.

Algunas frases que puedes ocupar para este momento en la conversación son: “no sé qué decirte”, “no puedo contestarte eso porque no lo sé”, “por favor, hablemos de esto en otro momento”, “ahora no estoy listo para hablar de esta parte” y también podemos solicitar apoyo a algún experto o tercero que esté mejor preparado para acompañarnos, diciendo algo como “si quieres, podemos buscar a alguien que nos ayude a entender mejor”.

Espero que en este texto puedas encontrar herramientas y algo de luz que disipe tus inquietudes sobre este tema. Te extiendo un abrazo si estás atravesando una situación como ésta, así como el deseo de que puedas hallar algo de paz en el camino y sentirte más preparado para atravesar este proceso de pérdida.

¡Gracias por quedarte hasta el final! Comparte este texto con quien lo necesite y encuéntrame en @rumbo.adentro (Instagram) para hacerme llegar tus sugerencias, preguntas o comentarios sobre éste u otros textos en #ElViajedelaLibélula o contáctame en [email protected] si estás interesado en iniciar un proceso de consultoría individual. Será un placer acompañarte.

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