Tragedias

Testimonio: En la primera línea, Verónica Flores luchó contra el coronavirus y terminó infectada

- Foto: Salvador Rugerio

PÁGINA NEGRA platicó con Verónica, una enfermera del ISSSTEP con especialidad Quirúrgica. El 28 de mayo empezó a tener síntomas del coronavirus, se aisló en su casa, pero su estado de salud empeoró y estuvo internada durante 10 días. El jueves pasado fue dada de alta y aún no sabe si el virus ya abandonó su cuerpo. 

Por Viridiana Lozano Ortíz / @Viriloz

25.06.2020 / Ciudad de Puebla

Verónica Flores Barrales es enfermera del ISSSTEP y tiene una especialidad Quirúrgica. Ha combatido en la primera línea el coronavirus hasta que el 28 de mayo se infectó. Estuvo aislada en su casa, pero un día, sin más, tuvo muchas dificultades para respirar, le hicieron una tomografía que comprobó sus sospechas: tenía covid.

Este es su testimonio:

No sé donde realmente pude contagiarme, ese día entró a Urgencias un chico que intentó suicidarse. Su mamá decía que llevaba varios días encerrado en su cuarto porque estaba triste, tenía unos 28 años, había tomado pastillas. Llegó muy mal y uno como enfermera, cuando alguien llega así, hace su trabajo y atiende al paciente.

Lo llevamos al área de choque, casi no podía hablar, empezó a toser y le dije a su mamá “póngase el cubre bocas señora, vaya y lávese las manos”. Yo tenía puesto el mío y los goggles, pero él no dejaba de toser y cuando toses las partículas pueden quedarse muchas horas, en la ropa, en un arete, no sé.  Creo que él sabía que estaba enfermo y por eso intentó matarse.

Cuando se lo llevaron le dije a mi compañera, “a mí se me hace que es de covid”. Le tomaron la palca y dio positivo, el resultado de la prueba que lo confirmó salió mucho después. Se deterioró muy rápido y murió.

Yo siento que fue ahí. También pudo suceder en el autobús, vamos amontonados, tocamos los tubos, no usan cubre bocas. Todos los días tomaba la ruta 63 y  esa semana fue muy dura, iban más enfermeras y el chofer, junto con dos señoras, empezó a lanzar indirectas, que si el coronavirus no existía, que les quitamos el líquido de las rodillas, que nos pagaba el gobierno por mentir; lo decía y lanzaba escupitajos por la ventana.  Se reían a carcajadas, una de mis compañeras quiso confrontarlos, “déjalo, él es un simple chofer, lo dice por ignorancia, nosotras somos profesionales y no tenemos por qué bajarnos a su nivel”, logré que se detuviera.

Esa misma semana me robaron el celular unos asaltantes que se subieron a la unidad cuatro, después el gobierno nos puso autobuses especiales, pero ya nos los quitaron. Yo quisiera que regresaran porque sí hace falta.

El 28 de mayo llegué a mi casa muy cansada, pensé que era por el trabajo, pero cuando desperté seguía igual. Al tercer día yo ya tenía fiebre, muy alta, de hasta 40 grados. Empecé a perder el olfato y el gusto, ese es un síntoma característico de covid; casi nadie lo dice, pero así es. Me dieron 14 días porque era sospechosa, hablé con mis hijos: “no puedo estar con ustedes porque los puedo contagiar” y me aislé. Mi hija me pasaba mi comida.

Si me tenía que morir iba a ser en mi cama porque ya no podía respirar, veía mis uñas moradas, sabía que estaba contaminada, pero no lo decía. Me llamó una compañera.

—Vero, vente para acá.

—No puedo respirar, pero si voy me voy a morir, no saldré de ahí.

—No Vero, te prometo que le vamos a echar todas las ganas y te sacaremos adelante.

Dios, si está en tus manos, ayúdame. Vi al doctor: “júrame que no vas a permitir que entre a Terapia Intensiva”. Él me dio su palabra, me colocaron la mascarilla y me llevaron a la tomografía. “Vero, está muy fea tu tomografía, estás muy mal, ya te contaminaste”, se me vino encima la imagen de la muerte, yo sabía desde antes que tenía covid, pero escucharlo del doctor fue muy diferente. Pensaba en salir adelante por mis hijos y la gente que me necesita, pero a veces a ese pensamiento le ganaba el miedo.

Al día siguiente Gaby y Arturo, mis hijos, hablaron conmigo, me dijeron que le iban a echar muchas ganas y que tenía que salir adelante. Eso le decimos a los pacientes, porque lo que los mata muchas veces es la depresión de estar solos, nos dicen que quieren ver a su esposa, a sus hijos, hablamos con ellos. “Mira que vas a estar bien, que tu familia está allá afuera esperándote, échale ganas”, eran las mismas palabras.

Para ellos, la palabra covid es igual a muerte. Pensaba en lo que yo les decía, que debían tranquilizarse, caer en la angustia hace que te cueste más superar el virus.

Respondí muy bien al tratamiento y el jueves de la semana pasada me dieron de alta. Tengo que esperar a terminar el proceso, cuando lo termine me tomarán una placa para corroborar que estoy fuera de peligro, la placa, para mí, vale más que la prueba química.

Voy a regresar a seguir ayudando porque no sabemos esto cuándo va a terminar. En diciembre, cuando supimos que estaba en Wuhan esperábamos a ver cuándo llegaba a México, primero a Italia, luego a España, después en Estados Unidos, cada vez se acercaba más. Estábamos decididos, hemos enfrentado otras enfermedades, tuberculosis, herpes, pero esta sí nos tomó por sorpresa.

Estábamos esperando a los primeros. Uno es más fuerte, pero es tan duro estar ahí adentro y ver a los pacientes morir. Un reo había llegado y estaba aislado, yo quería ir a verlo, hablarle de Dios, al otro día empezó a desaturar y murió. Otro día una compañera bajó corriendo a pedir compresas: “¡se cortó el cuello”, gritaba. Le había puesto medicamento y esperó a que saliera para tomar un pedazo del frasco, se cortó el cuello, se quería matar porque tenía coronavirus.

Los pacientes mueren, no salen adelante porque luchamos contra algo desconocido.

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