18 de Noviembre del 2019

Fantasías animadas de ayer y hoy presenta: historias de vomitada

Por Yonadab Cabrera / /

yonachinguen ident

La época de Navidad, el fin de año y en general las fiestas decembrinas siempre nos llevan a pasajes inmemoriales de nuestra vida, aquellos que por alguna razón siempre los tenemos guardados en lo más profundo de nuestro ser: algunos muy bonitos, otros alegres, algunos triste y unos más un poco desagradables.

Ya saben cómo es la víspera de la época de “Dar y recibir”, siempre nos obliga a traer recuerdos de nostalgia, amor, furia o asco. Sí, asco es lo que me producen ciertos recuerdos de borracheras de fin de año. Por ejemplo, alguna vez que me emborraché con mis primos a morir y terminé vomitando el bote de los juguetes de mi sobrina.

O cuando fui de campamento con mis amigos, sin darme cuenta me quedé dormido sobre mi vomitada y al despertar tenía toda la cara pegada. Sin embargo, la historia que a continuación les contaré es la más terrorífica, escatológica y asquerosa que me ha sucedido, porque bien, uno puede nadar en su wacala, hacer angelitos en su wacala, regurgitar, pero estar en contacto con la de alguien más, con una ajena, sí que es asqueroso.

Corría la Navidad del 2010, todo era jubilo y alegría en una bonita fiesta —por cierto omitiré nombres— estábamos al calor de las copas, del Whisky, el tequila y como es costumbre cuando me entablo y no logro agarrar la peda, termino enojado porque veo que todos ya están bien entrados menos yo y siempre me convierto en cuidaborrachos que es de las cosas que más me encabronan.

Total que mis muy bonitas y fiesteras amigas, tres en particular, muy cercanas y queridas agarraron tremenda fiesta: “Qué esh esho queeehh brishaaaa ashiiiiii.... Túuuuuuu, mushasho deshconoshido, pashame esho... ¡Ay pendeja, esh mi shelulaaaaarrr!”, expresó una muy elegante amiga.

Eran risas, zapatillas volando, tonterías, vasos quebaros, whiskys derramados, shows,exhibiciones y bailes exóticos, ya se imaginarán. De pronto, me encabroné más, eran las 4 de la mañana y yo seguía sobrio, con sueño y de muy mal humor. Agarré a las tres de los cabellos y las metí en mi camioneta “¡Ya vámonos! Ya casi amanecerá.

Se suben y se callan, las llevaré a sus casas”, las regañé con tremenda furia que les di miedo y como niñas regañadas se subieron. Primer fuimos a dejar a la que vivía más lejos allá por Rincones de Arboledas, luego a la que vivía en la Noria y al final a la de San Manuel.

—¡Yonis! ¡Yonis! ¡Yoooooonis!

—¿Qué pasa la bella amiga...?

—¡Párate! ¡Páraaaaaate! ¡Qué te paaaaares ya que voy a vomitar!

En chinga di un volantazo, circulábamos a las cinco de la mañana por la 2 sur a la altura del colegio Pereyra, puse las intermitentes, mi amiga abrió la puerta y empezó el concierto y la lluvia de pellejos. Estuvimos parados en dicho lugar como 40 minutos, terminó de vomitar y seguimos el camino a su casa.

Dos o tres cuadras antes de su casa nuevamente sintió que se le venía todo para afuera, me detuve de nuevo, pero esta vez no fui lo bastante rápido y vomitó de frente bañando todo el parabrisas, abrió la puerta pero no sirvió de nada porque no pudo sacar la cabeza y terminó vomitando la ventana del lado del copiloto.

Por supuesto, la camioneta estaba llena de vomitada, y un tremendo olor a vomito invadió el ambiente. Puse el aire acondicionado pero no sirvió de nada, al contrario, solo propagó más el aroma fétido. Al llegar a su casa, cuando pensé que ya nada podría ser peor, resultó que sí.

—¡Yonis! ¡Yonis! ¡Yonis! Dishculpame no, shoy una borrasha y ya ensushie tu camioneta, pero prometo que mañana la llevo a lavar— dijo mi amiga con un tono muy borracho, apenas y se podía sostener.

—No te preocupes, yo mañana la llevo, no pasa nada— le respondí al mismo tiempo en que repetía en mi mente Lo que quiero es que ya te bajes para irme a mi casa a dormir que muero de sueño, claro no se lo dije pero lo pensé.

—Eresh un amor, neta eresh un amor, te quiero mucho— me repitió.

¿Pero qué creen?

Lo decía al mismo tiempo en que se limpiaba el vómito con la mano izquierda y luego con esa misma mano me agarraba la cara.

—Neta, perdóname— seguía repitiendo mientras me seguía agarrando la cara con su mano llena de vómito. Ya no aguanté y me empecé a vomitar.

Y seguí vomitando. Pobre camioneta se vio bañada en una fusión de vómitos, no la pude usar por una semana y le dieron más de 10 lavadas. Llegué a mi casa a las siete de la mañana, vomitado, oliendo a vómito, con mucho sueño y con la desgracia de una mala noche.

Moraleja: es mejor que se empeden en lugar de cuidar borrachos.

¡Claro! Chinguen al guapo.

Publicidad