Sunday, 17 de November de 2019

Buscando la falla

Por Yonadab Cabrera / /

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Y ahí estaba, lleno de ilusiones, de anhelos, de sueños. Estaba seguro que esta vez sí me ganaría el Pulitzer, me contrataría El País, o el New York Times.

Sería el primer reportero en dar cuenta del suceso más importante en la historia moderna de la tierra y la humanidad.

Me puse mi playera de CENTRAL, unos jeans para la aventura que me esperaba, mis botas de trabajo pesado, mi bloqueador solar, mis lentes para el sol; llevaba mi arco, mi látigo y todo lo necesario para enfrentar el peligro.

Subí al Suertudo —mi adorado March blanco— y me dirigí a la aventura. Fui a buscar la falla geológica que se había generado a raíz del terremoto del pasado 19 de septiembre. El destino: Huejotzingo.

Pero al llegar a Huejot como a eso de las 9 de la mañana, empecé a preguntar a la gente si sabían sobre la grieta o falla geológica, pero nadie me daba razón. Después de una hora, de deambular por las calles de ese municipio, un habitante me mandó a Domingo Arenas.

Buscando entre los cerros de Domingo Arenas y a las faldas del Iztaccíhuatl, alcancé a escuchar a López Díaz que la falla geológica estaba en Chiautzingo y que el equipo de Cinco Radio estaba calibrando su Dron para llevar las imágenes exclusivas.

Enloquecí, morí de rabia, no iba a permitir que otro reportero se llevara la exclusiva, se ganara un Pulitzer o le dieran trabajo en El País. Y como si se me hubiera metido el chamuco, manejé hasta Chiautzingo, pregunté a la gente, recorrí tres juntas auxiliares y no encontraba nada.

En mi mente sólo retumbaban las palabras de López Díaz “La exclusiva, “exclusiiiiiva”, “ex—clu—si—va”, “EXCLUSIVA”… Noooooooo, no se lo permitiría.

Pero después de dos horas de buscar incansablemente a pie y manejando, di con el lugar. San Antonio Tlatenco, manejé más rápido, rápido, no me importaba si se atravesaba la gente, si pasaba una carreta, si era día de plaza, sólo pensaba en mi exclusiva.

Luego caminé dos horas, dos largas horas me interné en el bosque con el riesgo de que me mordiera una víbora, me comiera un tigrillo, me picara un alacrán o me violaran, ya iba de rodillas, no podía con el cansancio y mis patitas me dolían, el sol hacía sus estragos y me había terminado la última gota de agua.

¿Para qué?

Para que al final me dijeran que nunca existió la falla geológica, que esa barranca existe desde toda la vida, que sólo se desgajó y eso ocasionó la polvareda que todos los medios difundieron y peor aún, para llegar hasta esa barranca me faltaban cinco horas de una ardua caminata.

Sí, una vez más fracasé.

Moraleja: No le crean a Rueda y a López Díaz.

¡Claro! Chinguen al guapo

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