Cambió el escenario del mitin, cambió el nombre de la coalición que lo abandera, cambió hasta el representante de CEN del PRI, pero la perorata de Enrique Agüera Ibáñez, candidato de la Alianza 5 de Mayo, no se modifica, el discurso de "los 700 mil pobres en Puebla según el Coneval" es una dosis que repite insistentemente.
Entre bostezos y gritos, la somnolencia de algunos, con payasitos como teloneros y con un maestro de ceremonias grupero, el candidato priísta arrancó campaña con la urgencia de la madrugada, con los primeros segundos del 7 de mayo Enrique Agüera busca hacer "una fiesta ciudadana" con el músculo priísta del sur de la ciudad, el que habita las zonas más depauperadas, los que justifican su discurso de ayuda y progreso.
Al candidato a la alcaldía no le importa la nueva impugnación contra la coalición que lo abandera, al candidato a la alcaldía tampoco le importa la guerra de bots en Twitter, ni las páginas de grupos de Facebook hechas ex profeso en su contra, al candidato no le importa ni la madrugada ni el acarreo, ni la chalupera que hace su agosto. Ni el polvo de la Unidad Habitacional del SNTE.
El candidato Enrique Agüera es hoy un ser que inhala amor y exhala paz, alguien a quien no le cambia el rostro, que no habla de confrontación, que evita responder más que "con propuesta".
Son casi las cero horas con un segundo y comienza a desplegarse el display de fondo para el evento. Uno a uno llegaron las camionetas suburbana provenientes del Hotel Presidente Intercontinental, ahí la noche comenzó desde las nueve. El diputado federal Enrique Doger, la senadora Blanca Alcalá, el insurgente de último minuto Javier López Zavala, el ya célebre Delegánster Fernando Moreno Peña y su aprendiz y secuaz Pablo Fernández del Campo hicieron antesala al arranque de campaña planeado para la madrugada en la colonia Minerales del Sur.
Con contraste a las chalupas y las fritangas que se despliegan por la zona del sur de la ciudad, en el Presidente Intercontinental a los priistas les sirven vino tinto y una cena para la que esperan a César Camacho Quiroz, presidente del Comité Ejecutivo Nacional del PRI. La noche es fresca en Minerales del Sur, pero en el hotel de cinco estrellas hay aire acondicionado.
En el sur esperan de pie, entre el sonido ambiente escuchando cumbia y una adaptación en versión salsa de emblemático tema de La Pantera Rosa. En el Presidente Intercontinental suena algo que bien podría ser Fausto Papetti. En un lugar del mitin se pelean por sombrillas de la Coalición 5 de Mayo, y en el hotel, a puerta cerrada, el delegado Moreno Peña hace tiempo informando los detalles de cómo se les hizo bolas el engrudo en un proceso electoral que apenas arranca.
En Minerales del Sur saben bien que la cita es después de la medianoche. En ,a reunión de priistas se voltean a ver los rostros, los relojes de pulso, los dígitos del celular. Y nada, César Camacho Quiróz no aparece. Un accidente en la México-Puebla provoca que veinte minutos antes de la media noche todos los priistas suban a sus suburbans, ese vehículo que pareciera que viene incluido con un cargo.
"¿Nos vamos juntos?", le pregunta Fernando Moreno Peña a Agüera. El ex rector duda por un segundo pero corrige de inmediato. "¡Sí, claro! ¡Vámonos!", dice Agüera como no queriendo. A la par se le pregunta a Enrique Doger: "¿Y cómo le va, diputado?". "Pues me va, que ya es ganancia", dice mientras baja las escaleras del mezzanine del hotel.
Las camionetas hacen tiempo récord. De Camacho Quiroz ni sus luces. Los priistas se aglutinan en su templete, bajan el fondo del escenario con la fotografía del candidato. El logo de 5 de mayo no parece remendado sobre Mover a Puebla. Y mientras los payasitos la arman de teloneros:
"¿Qué me dijo un cero a otro cero? ¡No somos nada!", las carcajadas son pocas y contadas. El mitin requiere celeridad, ya ahí las autoridades mandan a El Gabo Aceves, conocido locutor de radio grupera. Con camisa roja, bota picuda color café, sombrero y pantalón de mezclilla desgastado hace el calentamiento y pide que las gargantas ahí presentes griten el nombre de Agüera. Y se roba la porra de "Jarochos, a huevo", para adaptarla como "Poblanos, Agüeeeeeera". El cambio es tan ad hoc como la ciudadanía poblana del candidato.
La presentación no tarda, aparece el candidato en pantalones kaki, zapatos café miel y cinturón a juego, camisa blanca que resalta al quitarse una casaca roja. La figura es como la de El Cascanueces, torso grueso, piernas delgadas. La voz oficial de los eventos lo presenta con entusiasmo, pero primero cede la palabra para Pablo Fernández del Campo que se desgañita, se pega el micrófono a la barbilla, grita en exceso y trata de convencer que están así de temprano ahí citados para no perder ni un minuto, para "despertar a los poblanos".
Para cuando Pablo acaba su mensaje llega Camacho Quiroz al fin, para enriquecer el cartel de Pléyades tricolores. El presidente nacional priísta hace gala de presencia. Una chamarra de cuero rojo, parche en el lado izquierdo con el logo priísta a gran tamaño bastan para decir quién es. Camacho prende lo que no pudo Pablito. Agradece la presencia de los priistas. Llama a Enrique Doger, quien en dos ocasiones anteriores fue llamado para aparecer junto al candidato pero que elegantemente evadió aparecer hasta que que Camacho llegó. Al llamado de su líder sí hace caso. Se queda al frente y de ahí n se moverá. Arranca Agüera como plato fuerte de los oradores.
Agüera llama a las senadoras Lucero Saldaña y Blanca Alcalá, a sus hijas, a su esposa Arminda, llama a las poblanas, a los poblanos, a los pobres, a los que menos tienen, a los que viven ahí en el sur. En esa colonia a la que quién sabe cuándo vuelva.
El arranque de campaña en plena madrugada va a la perfección con la somnolencia que provoca el discurso de Agüera, una letanía ya conocida y repetida cuatro veces.
Agüera intenta convencer, intenta aclararse la garganta constantemente. "¡Tírenle una Halls!", le gritan. Pero una pastilla de menta, una Halls, un nuevo discurso son algo que bien le bace falta al candidato de la alianza 5 de mayo a la alcaldia de Puebla. Le urge una inyección de frescura, le urge notarse a gusto hablando en público y sin esa garraspera en la garganta, motivo del nerviosismo.