La campesina Enedina Fuentes Vélez, presidente del comisariado ejidal de San Felipe Xonacayucan, está presa desde hace un mes y medio en el Cereso de Atlixco “por sostener mi palabra”, dice; por no acceder al prolongado acoso al que fue sometida por funcionarios del gobierno de Puebla que pretenden forzar a los ejidatarios a autorizar la venta de terrenos y el derecho de paso para la construcción del gasoducto comprendido en el Plan Integral Morelos.
El ejido de Xonacayucan, ubicado dentro de la zona de riesgo volcánico naranja de las faldas del Popocatépetl, es apenas una de las 2 mil 61 propiedades que serían afectadas por el gasoducto, megaproyecto estrella de los gobernadores Rafael Moreno Valle, panista de Puebla, y Graco Ramírez Abreu, perredista de Morelos.
Enedina Fuentes, viuda desde los 40 años, sacó adelante sola a la familia, al tiempo que cultivó y mantuvo productiva la milpa que heredó. Fue electa presidente del comisariado ejidal por su lealtad a la tierra. En esa posición en los últimos meses resultó ser, sin deberla ni temerla, uno de los escollos a remover para coronar los grandes negocios que esperan beneficiarse con las multimillonarias obras del controvertido PIM.
El juez de lo penal de Altixco, Elmo Mayoral, emitió una orden de aprehensión en su contra bajo los cargos de “obstrucción a la construcción de obra pública” y el presunto robo de dos celulares, denunciado por uno de los empleados de la compañía constructora que ingresó al ejido el pasado 7 de marzo para empezar las obras de excavación sin la autorización de la comunidad.
Otros dos líderes de comunidades de la región, Abraham Cordero Calderón y Juan Carlos Flores Solís, fueron acusados por el mismo cargo. Ninguno de los tres detenidos estuvo en el lugar de los hechos el día en el que supuestamente se robaron esos aparatos telefónicos.
El día de visita en el penal municipal de Atlixco –una cárcel maloliente y estrecha que se oculta detrás de los magníficos muros de ladrillo y talavera del Palacio Municipal– ella espera con la vista fija en la estrecha puerta del locutorio del área femenil. Detrás de la rejilla de la reducida barra se apretujan las visitas.
Se mueve como si le pesara el cuerpo; apenas puede abrir los ojos inflamados por el llanto. “Le ha costado mucho remontar la depresión por estar encerrada”, nos dice su hija Lucina Quijano Rosas. Una sonrisa ilumina su rostro avejentado cuando una visita pregunta por ella.
“¿Y qué le parece todo esto que está pasando? ¿Verdad que es una tremenda injusticia?”, pregunta con ansiedad.
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La Jornada de Oriente