No podía ser en otro espacio: si bien son varias las obras consideradas como emblemáticas del quehacer de Pedro Ramírez Vázquez —como la nueva Basílica de Guadalupe, el Centro Cultural Tijuana, el Palacio Legislativo de San Lázaro o el Estadio Azteca—, sin duda el Museo Nacional de Antropología era su consentido por todo lo que se logró concentrar para su diseño y realización, una labor verdaderamente colectiva, como aseguró en distintas ocasiones.
Cualquiera que busque entender la historia de la arquitectura y el urbanismo de México durante el siglo XX podría comenzar con solo mencionar su nombre, ya que la figura de Pedro Ramírez Vázquez como constructor de la historia de nuestro país está vigente desde hace más de medio siglo, dijo Chuayffet.
En un espacio que resultó insuficiente para albergar a los cientos que quisieron rendirle un reconocimiento postrero al arquitecto mexicano, el funcionario destacó que Ramírez Vázquez fue tan innovador en conceptos y en técnicas, como interesado en los orígenes, y que supo canalizar las aspiraciones arquitectónicas de la nación.
Arquitecto, urbanista, diseñador, escultor, funcionario público, maestro y administrador educativo, don Pedro fue parte esencial de la transformación del México del siglo XX: su talento lo hizo exportador de la imagen de un país, haciendo de un edificio un logotipo; su arquitectura simboliza las formas más arcaicas de la arquitectura, al tiempo que exalta la condición de México como el primer país latinoamericano que se hizo moderno, expresó el secretario.
Antes, el hijo de Ramírez Vázquez, Javier Ramírez Campuzano, lo resaltó como una figura universal que supo compartir su trabajo no solo con otras naciones, sino con distintas ideologías: “Por eso es figura universal, no arquitecto internacional”. Esa fue la “razón por la cual gobiernos, organismos, instituciones de todo el mundo lo condecoraron, lo reconocieron, distinguieron y aplaudieron su gran sencillez. Pero su principal legado fue dejar una familia unida: su pasión fue su trabajo, su motivación su familia y su ambición servir a México”, señaló el también arquitecto.
Vocación y legado
Entre los asistentes había funcionarios deportivos y culturales, arquitectos y la toda familia de don Pedro, pero quizá resaltó la presencia del nuncio apostólico en México, monseñor Christophe Pierre; del rector general de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), Enrique Fernández Fassnacht, y de Juan Díaz de la Torre, secretario general del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación.
Asistieron representantes de los distintos campos en los que dejó alguna herencia Ramírez Vázquez —hay que recordar que fue el primer rector de la UAM, por ejemplo—, pero en especial personajes que buscaban reconocer obras que se convirtieron en “referentes visuales y urbanísticos que a todos nos pertenecen, que forman parte de nuestras vidas cotidianas y que nacieron por un impulso creativo y por una necesidad social”, según expresó el presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), Rafael Tovar y de Teresa.
“Si hay hombres que encarnan a su época, Ramírez Vázquez encarnó lo mejor del siglo XX. Hombre de profunda cultura, siempre leal a su vocación, fue capaz de entender todos los lenguajes de la vida social”, dijo el titular del Conaculta.
Desde su perspectiva, tocará a los académicos y especialistas revisar el legado de Pedro Ramírez Vázquez, aunque sin duda hallarán en su propuesta estética “una celebración de nuestro pasado prehispánico y una apuesta por el futuro del país que él ayudó a construir”.
La sesión terminó con aplausos para reconocer al diseñador de símbolos, monumentos y edificios que encontramos en nuestro camino, aunque no siempre sepamos el nombre de su ilustre creador: Pedro Ramírez Vázquez.
Claves
En sus palabras
El espacio arquitectónico es la atmósfera que se crea con los muros con los techos y los pisos: lo que se logra adentro es la atmósfera adecuada para lo que el hombre va a vivir ahí
y lo importante es dar la calidad que se debe a un espacio que se habita, que se usa, que se vive.
En la arquitectura, las soluciones deben ser consecuencia de un propósito de uso, porque es una disciplina de servicio, una técnica para servir a un usuario, al que vive la arquitectura.
La arquitectura la genera la sociedad con sus tradiciones, con su forma de vida, con su tipo de recursos artesanales y con la realidad que debe enfrentar para realizarla, porque los problemas son distintos en cada lugar, en cada clima, en cada localidad.