Thursday, 04 de June de 2026

Crónicas marxianas

Domingo, 27 Octubre 2013 22:06
Zeus Munive

Pacto con Lobos (historias de la ficción poblana)

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El Lobo desapareció. Lo han buscado por todos lados. El hombre es el lobo del hombre y él lo sabe, por eso quizá se escondió.

Huyó.

Nadie sabe nada de él.

Meses han pasado desde que aquella mañana que no llegó a su oficina ni se apareció por su casa.

Ni sus vecinos lo han visto.

Hasta parece una mala serie de televisión.

Justo después del asesinato del ex rector Samuel Malpica Uribe.

Nadie supo nada de él.

Por cierto, ¿alguien sabe cómo van las investigaciones de la Procuraduría para esclarecer el homicidio de Malpica?

¿Alguien sabe qué pasó con todas esas voces que se levantaron para pedir justicia y que de pronto callaron?

Citando al filósofo: “Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro”.

Quizá por eso huyó.

Ni en las cantinas.

Ni en las piqueras que acostumbraba.

Simplemente el hombre-lobo desapareció. 

****

La orden salió de su oficina.

Mandó a llamar a dos de sus operadores:

-Me lo pone quieto. Ya no quiero que siga con sus amenazas. Se juega mucho en todo esto. Nos jugamos todo. El futuro. Todo.

-Sí, señor.

-Pero se me van ahorita. Ya sabe el jefe lo que tienen qué hacer.

-Sí, señor.

-Y ya dejen de decirme sí, señor.

-Sí, señor.

-Oh que la…

Unas horas más tarde en una casa ubicada en la colonia San Manuel dos hombres tocaban a la puerta de un sujeto que los recibió en bóxer y con unas sandalias muy baratas.

-Qué ya le baje maestro. Que no siga amenazando. Que no le siga sino se lo va a cargar.

-¡Y quién chingaos son ustedes!

-¡Ya bájele!

-¡A mí nadie me da órdenes y nadie me anda amenazando!

El sujeto que llevaba una bata de un material similar al de las toallas sacó una pistola de diábolos.

Los dos sujetos se vieron sorprendidos y sacaron sus armas. Dispararon. El sujeto cayó al suelo. Estos aventaron sus armas y salieron corriendo.

-¡Qué hiciste, pendejo!, nos dijeron que lo tranquilizáramos, no que lo enfriáramos-le gritó uno de ellos a otro mientras arrancaban su auto.

-¡Ya cállate, güey! ¡Pícale!

En poco tiempo llegó la policía, la prensa, camarógrafos, peritos. Los radios de los policías no dejaban de sonar con ese ruidito de la interferencia.

Todo se había echado a perder.