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¡Sí pues´n!
A las diez de la mañana fui a correr por alguna razón (olvida el peso, eso es lo de menos) a la laguna de San Baltazar y tras el desgaste producido por mi veintena de cigarros diarios, decidí sentarme en una de las bancas que están enfrente de la laguna para tomar un poco de aire y pensar que estaba muy difícil la cosa, que parecía que más me desgastaba el hecho de pensar en trotar y creerme algún olímpico atleta, que el engaño (si eres fumador, sabrás de lo que hablo) de dejar de fumar con cuánto remedio sea posible (comenzamos con los juramentos y terminamos comprando cigarros de mal sabor que nos hacen re pensar en lo sabroso de un cigarro con filtro).
El caso es que, tras el abrumarme un poco con mis reflexiones decidí dedicarme a observar el trote de otros y también, la corretiza que le dan los niños a los patos que acompañan a sus padres que están entamalados con pants multicolores, tenis con super aire, con macro sudaderas y por encima, las chamarras de vuélveme loco con el calor.
Por si fuera poco, también están los enamorados vestidos con el uniforme de sus escuelas que al principio como que no saben la cosa y después ¡vaya que la saben!
Claro que no falta el super atleta que va con unas licras que deja claro el aquello que mejor ni te cuento (y también el atributo pectoral y musculoso); verles con su playera ajustada hasta cortar la circulación y los tenis multicolor me hacen pensar (cuando voy a comprometerme una vez más) que para llegar a eso se necesita gran cantidad de responsabilidad (y dejar de fumar).
Todos nos hemos visto envueltos en esas situaciones. Yo alguna vez me comprometí a hacer ejercicio diariamente; compré ropa atlética y por lo menos le daba tres o cuatro vueltas a la laguna… En lo que paró la situación fue que preferí comerme un par de memelas acompañadas de un jugo enorme de naranja (refresco no, pues engorda).
Los patos hacían también de las suyas. Vi a los atletas y a los que corrían con sus miles de chamarras encima que de repente se espantaron tras el enojo de algún pato (véase que también hubo los que echaron bronca intentando darle a algún corredor un picotón de aquellos).
En fin, tras tanto pensarlo decidí caminar algunos metros más para salir del lugar y encontrarme con la señora que hace las memelas que, al verme, me preguntó que si iba a querer lo de siempre y, siendo sincero, dejé mis tres chamarras en el automóvil y pedí una quesadilla con chicharrón y una memela bandera… pero ahora sí pedí refresco, pues qué más da.
Al llegar a casa me fumé un par de cigarros y después me metí al baño (para ducharme, claro) y sentirme hombre sano, que después de la larga jornada de ejercicio, se prepara para ir al trabajo; sin embargo, ocurrió lo ya sabido, al verme al espejo y al ver la panza que he agrandado con la comilona, decidí que al siguiente día iría a hacer ejercicio en serio y no sólo eso, daría dos vueltas más… aunque, para serte sincero, recuerdo más la quesadilla de chicharrón que la cantidad de metros que había recorrido y las calorías que bajé aquél día.
Moraleja de panza:
Una quesadilla con chicharrón y una memela bandera aumentan la actividad neuronal para la toma de decisiones relacionadas con el ejercicio.
Imagen: Especial/ DeviantArt.com