Pese a que deberían vivir sin preocupaciones y cubiertos de sus necesidades básicas, cientos de menores que viven en la capital poblana tienen muy pocas razones para festejar este Día del Niño.
Es el caso de Tino, un pequeño de tan solo 10 años de edad, visiblemente desnutrido, con su piel oscurecida por pasar todo el día bajo el rayo sol y quien apenas habla español.
El niño es originario de Chiapas y actualmente vive en lo que él llama un campamento, en la zona norte de la Angelópolis, en inmediaciones del mercado Hidalgo.
Cuenta que desde hace dos meses llegó a Puebla con sus familiares y desde ese día hace malabares en un cruce muy transitado de la colonia La Paz.
Tino, es el segundo de cuatro hermanos, un niño mayor y dos pequeñas, que también laboran en la calle vendiendo chicles.
Con el poco español que entiende y habla, es presa fácil para ser víctima de cualquier ilícito sin poder pedir ayuda a los demás.
El pequeño comenta que se debe levantar a las siete de la mañana para salir de su casa con su familia y comenzar su jornada.
En cada rojo del semáforo el menor toma tres naranjas para hacer malabares frente a los automovilistas, esperando que le regalen unas monedas o como mayormente ocurre alimentos.
Entre acto y acto, el menor no le quita la vista y se acerca en cada luz verde, a unas bolsas de plástico y a un par de paquetes de galletas y dos leches de sabores que le dieron durante su jornada.
Tino termina su trabajo a las seis de la tarde para llegar a su domicilio y posteriormente dormir alistándose para otro día de labores.
El menor solo alcanza a expresar que si le gustaría ir a la escuela pero también quiere seguir trabajando para ayudar a su familia.
A pesar de que a su corta edad tiene que trabajar, el niño espera que en su día alguien le pueda regalar un carrito para jugar.
