19 de Marzo del 2019

Nacional

Mucho más en juego con la crisis de la gasolina

- Foto: Especial

En medio de los primeros 50 días más intensos que hayamos visto de cualquier administración reciente, la gasolina consume toda nuestra atención. Hace tan sólo dos años se decía que el piso que tocó la administración de Peña Nieto fue por un tema similar.

Por Sopitas /

La crisis puntual consiste en la poca disposición de gasolina y que nos toma por sorpresa. La agrava el hecho de que la comunicación previa y durante este evento ha sido nefasta. La incertidumbre y los mensajes cruzados fastidian a los consumidores y minan su confianza en que el gobierno tenga realmente una estrategia bien planeada. Incluso quienes han dedicado su vida a temas de seguridad sólo han levantado ceja ante esta incertidumbre. Y los entusiastas comunicadores oficiales y espontáneos del gobierno ayudan poco subestimando o incluso ridiculizando el malestar. Estamos en una crisis: resulta difícil mirar hacia tres días después del restablecimiento de gasolina. Tal vez por ello detecto que es poco lo que se ha dicho sobre lo que esta administración se está jugando en estos días.

En medio de los primeros 50 días más intensos que hayamos visto de cualquier administración reciente, la gasolina consume toda nuestra atención. Hace tan sólo dos años se decía que el piso que tocó la administración de Peña Nieto fue por un tema similar. El presidente traía un desgaste imponderable –porque en su momento no se hicieron públicas encuestas que lo midieran– por la infame invitación del candidato Donald Trump a Los Pinos, pero sabemos que pocos meses después vino un episodio de desabasto de combustible en la zona central del país junto con la noticia del gasolinazo. Los primeros días de enero de 2017 el pánico también invadió a la Ciudad de México. La aprobación de Peña llegó a un mínimo insólito.

“Capital político” se decía hasta hace no mucho en un lenguaje de análisis político de café o de consultoría –que casi siempre es más o menos lo mismo. Lo que Peña se jugó despacito en su agenda de reformas, queriendo arriesgar poco al comprar todos los medios de comunicación y cooptar a la oposición, esta administración lo pone rápido y todo por delante en su estrategia contra el huachicoleo. Si falla, habrá enfurecido a ciudadanos que se vieron afectados por la falta de gasolina a cambio de nada; si triunfa, es probable que la inversión le rinda un montón de frutos, pues cuando dejemos de estar aturdidos por los alarmantes mensajes de Whatsapp, tal vez sea factible para muchos más evaluar la crisis como un esfuerzo patriota.

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Estos días he leído a expertos en seguridad o en energía preocupados por si esta estrategia contra el huachicoleo calculó o no costos de implementación. Lo menos frecuente ha sido leerles si, en cualquier caso, pudiera ser acertada o no para combatir un problema que la administración anterior solo vio crecer. Si acaso, circula un furibundo hilo en Twitter que acusa a la estrategia de simplista y cortoplacista: cuando abran la llave de los ductos, dice, regresará el robo. No cabe duda que las crisis –o las fobias políticas– impiden pensar con claridad: ¿será que los expertos en su campo consideran que la estrategia sólo consistía en cerrar la llave y ya? Espero que no tengan razón. Yo no lo sé. Pero veo que eligen ignorar el mensaje de que esto se trataba de detectar y diagnosticar todas las formas y redes en las que opera este delito para luego intervenirlas y controlarlas donde fuera posible.

Tal vez no había una salida cómoda para arreglar este problema. Por ahí alguna colega sugería que tampoco la había en 2006 para combatir el crimen organizado, como si el costo en vidas humanas fuera una ocurrencia –dijo– similar al de unos días con un suministro reducido de gasolina. Concedámosle por un momento la comparación: meter al Ejército es una solución cortoplacista pero sostenible a largo plazo que, por lo general, cuenta con un gran respaldo al menos inicial por las comunidades más afectadas. Llevamos 12 años así –y los que vienen con la Guardia Nacional. Cortar el suministro de gasolina por ductos para analizar las redes y técnicas de robo es una solución cortoplacista insostenible a largo plazo que, claramente, no cuenta con el respaldo de los consumidores. Al margen de la violencia, como ocurrencia, suenan radicalmente distintas.

El problema central de la administración ha sido la comunicación. Ojalá esta crisis alcanzara para que el Presidente conduzca con profesionalismo su talk show matutino. Un mensaje bien preparado, claro y contundente, breve, de 5 a 10 minutos, con una sesión de preguntas y respuestas acotadas a otros máximo 15 minutos tendrían que bastar. Mientras que Peña cuidó con tanto celo, con tanto apego, con tanto autoritarismo su capital político que se le escurrió por completo sin lograr realmente mucho, López Obrador parece dilapidarlo irresponsablemente como si el suyo fuera infinito. El cuento de los 30 millones de votos se le puede ir en algo tan tonto como una estrategia fallida y mal comunicada contra el huachicol.

Estoy convencido de que la actual administración recibió el conjunto de las instituciones del Ejecutivo en un estado deplorable. Imagino que la propuesta de compostura sin una agenda de reformas, requiere medidas ejecutivas drásticas y arriesgadas. Confío en que esta estrategia para reparar Pemex puede resultar muy valiosa. Y si lo hago es porque creo que lo que la administración ha puesto en juego en su arranque es todo lo demás. Mientras estamos con el alma en un hilo en las filas de las gasolineras, la Guardia Nacional, la extinción del Seguro Popular, el Tren Maya y el destino del aeropuerto del Valle de México entre otros temas nada menores, están en suspenso. De no salir victorioso de esta crisis, todos estos proyectos tan caros para la administración, serán más complicados de sacar adelante.

Sopitas

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