13 de Noviembre del 2019

Mordidas que matan… de la pena

Por Yonadab Cabrera / /

yonachinguen ident

No les pasa seguido que su cuerpo tiene vida propia, que parece que ni la mente lo manda y es un organismo autómata que solo busca fastidiarles la existencia.

¿A cuántos de ustedes no les ha pasado que sus manitas, piernitas o piecitos reaccionan involuntariamente ante alguna situación?

Por ejemplo, la manita derecha de mi sobrino de 6 años pintó la pared de su recámara y con justa razón cuando mi hermana quiso regañarlo, él solo asestó: “Yo qué, a mí que me dices, dile a mi manita porque ella fue la que pintó, yo no hice nada”, expresó antes de que su mamá pudiera pronunciar alguna palabra.

A veces cuando estás en una charla y dices algo indiscreto el pie de un amigo o amiga te ataca involuntariamente o sus manos te pellizcan. Sí, ya bien dicen que el cuerpo es muy sabio, una gran maquina con inteligencia propia que ni la mente lo puedo controlar.

Lo malo es que a veces estos actos involuntarios te llevan a cometer los actos más atroces y vergonzosos que pudieras protagonizar, por ejemplo, morder a una enfermera. Hasta el momento no me explico cómo es que le solté una mordida a una enferma y cómo es que se desencadenó un “Destino Final”.

Como cada año en época de invierno, acudí al Hospital a ponerme la vacuna vs la influenza, ya saben es mejor prevenir que lamentar y siempre que me da la enfermeda´, me da en serio y me tumba por varios días, prefiero un piquetito que 10 de ampicilina o guayacol.

Verán:

Llegué al Hospital para que me pusieran la vacuna. Una enfermera estaba en el pasillo con su mesita, su nevera de unicel que contenía las vacunas vs la influenza y a un lado una sillita para los pacientes.  De tal modo que al sentarte, tu brazo derecho quedaba pegado a la mesita y el izquierdo libre.

Lo más lógico era:

1. caminar hacia mi brazo izquierdo para que no tuviera ningún obstáculo que entorpeciera la vacuna o;

2. jalar la mesita con todos sus tiliches para dejar libre el espacio entre ella y mi brazo derecho y aplicar la vacuna.

Las dos son opciones viables, lógicas y de sentido común, claro una iba a requerir más esfuerzo que la otra, pues tenía que jalar todo para dejar un área libre.

Pero no. Esta venerable enfermera no hizo una ni otra cosa.

¿Qué creen que hizo?

Que a mi punto de vista fue lo más complicado y raro del mundo.

Desde el lado derecho me vacunó el brazo izquierdo. Es decir, se quedó justo a lado de la mesita de tiliches y vacunas, atravesó toda su humanidad frente a mí y estirándose, haciendo malabares me levantó la playera, descubrió mi brazo izquierdo y me vacunó.

Al atravesar sus brazos por delante de mí, obviamente me dejó inmovilizado, yo tenía mis brazos abajo y no los podía mover con libertad. El problema es que siempre que me van a inyectar, a vacunar o enterrar… una aguja, debo morder ya sea y de acuerdo a mi posición, una almohada, mi brazo, mi mano, un dedo o cualquier cosa para no sentir ansiedad al penetrar la aguja.

¿Qué creen que pasó?

Sí, como no me podía mover, no tenía almohada ni tenía al alcance mi mano, dedo o brazo, mi cuerpo reaccionó involuntariamente y le lanzó una mordida a la enfermera. Sí, la mordí, le mordí un brazo.

Ella gritó, se espantó y soltó la jeringa. Me dejó colgando la jeringa incrustada en mi brazo, por supuesto me espanté y empecé a gritar. Ella reaccionó y la retiró.

Al final, en menos de cinco minutos los dos hicimos un cagadero y toda la gente que estaba en ese pasillo se nos quedó viendo con expresión de incredulidad.

Moraleja: cuando los vayan a inyectar pidan que les dejen espacio suficiente para auto morderse.

¡Claro! Chinguen al guapo.

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