21 de Noviembre del 2019

La maldición del Halloween

Por Yonadab Cabrera / /

 

yonachinguen ident

Hay cosas que la vida y que Dios te niegan para siempre.

Hay cosas para las que siempre estarás negado y nada puedes hacer, pues es como si el destino te jugara una pésima broma.

Y no sé ustedes pero hay cosas para las que uno está negado q ue de verdad causa tanto enojo y frustración que prefieres que Chuchito te lleve. Por ejemplo, yo estoy negado a nadar, no más no se me da, parezco un gato en el agua o algún animal que no sepa nadar.

También estoy negado para las manualidades. Odio cuando me piden que recorte, pegue, dibuje, ilumine o haga una maqueta, es como si no me hubieran servido de nada 25 años viendo el espacio de la puta “Cositas”, al final parece que sigo en primero de kínder.

Y por supuesto, no podía faltar el bendito y siempre divertido Halloween. No sé en qué momento de la vida todo me empezó a salir mal en la víspera de la fiesta más divertida del año. Siempre me esmero para elegir mi disfraz, le invierto una buena feria, elijo disfraces atractivos y muy sensuales, pero al final algo sale mal, muy mal.

Por ejemplo, el año pasado andaba atado a alguien y por hacerle caso y no hacerme caso llegamos muy tarde al tradicional Halloween de Arturo Rueda. Entramos justo en el momento en que estaba el concurso de disfraces, ya todos andaban algo alcoholizados, enfiestados y yo no sabía ni qué hacer para recuperar las horas perdidas.

Después Fai, uno de mis tantos primos alegres ya en la peda le decía una y otra vez a mi ex que era algo así como de San Ramón, cosa que no le agradó mucho y todo eso terminó en pleito. Sí, ¡Maldito Halloween 2017!

Y pensé que para este año que ya estoy soltero las cosas iban a cambiar, que para el Halloween 2018 llegaría temprano, con las cosas que me tocaba llegar, a tiempo para el maquillaje, y todo sería pura felicidad. Pero bien dice mi abuelita “Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes” y yo agregaría Tus planes superfluos.

Por supuesto, la lluvia que no cesaba y no daba tregua fue el primer augurio. Desde las 2 de la tarde en que empezó a llover ya era la señal para saber que todo saldría mal. Los adornos se mojaron y como muchos eran de papel quedaron en pedazos, como cada año esta fiesta desafió la amistad de Los Troles, por todo el estrés que genera entre la decoración, los disfraces y los menesteres.

Total salí de la casa de Rueda a las 6 de la tarde y tenía que regresar a las 9 de la noche. Pero antes tuve que hacer varias paradas técnicas como ir por mis disfraces que tenían 2 semanas en elaboración y a pesar de que el nuevo costurero me prometió que quedarían bonitos y a las 4 de la tarde, eran las 7 de la noche y los seguía haciendo. Que por cierto uno le quedó fatal.

Como me tocaba llevar los refrescos corrí al Walmart de Periférico y la 11 sur, pues era el que me quedaba de paso entre el costurero y mi casa, pero nunca imaginé que me toparía con el maldito tráfico del Periférico y Ciudad Judicial; tardé más de 30 minutos en atravesar y llegar al super. Como juego de televisión en chinga agarré un carrito, corrí hacia los refrescos y cargué todos los que cupieron, pensando que me iba a ganar un premio.

El problema fue que al llegar a la caja no encontraba mis últimos 500 pesos para pagar, nunca supe dónde quedaron, es más los sigo buscando con la esperanza de encontrarlos. El caso es que pagué con tarjeta de crédito luego de 10 minutos que tardé en darme cuenta de que mi billete jamás aparecería.

Nuevamente corrí al auto, subí los refrescos, me subí, arranqué y maneje como desquiciado a mi casa. Me metí a bañar, me probé los dos disfraces, ninguno me convencía pero opté por el que se veía menos peor. Subí al auto, volví a manejar como desquiciado y fue cuando... sí, por si no había tenido suficiente, se me ponchó la llanta del lado del piloto al pasar un bache que estaba bien cubierto por el agua de la lluvia.

“¡Maldita sea, lo único que me faltaba!” expresé en voz alta, luego tomé aire para relajarme, pensé que me llevaría 10 minutos cambiar la llanta y estaría a tiempo para el Halloween, pero qué equivocado estaba. Pues olvidé que me habían robado el gato y la llave de cruz para cambiar el neumático.

“¡Me lleva la chingada y ahora qué hago!” grité ya con un poco de coraje. Nuevamente me relajé y le llamé a mi amiga Normita Saloma, tan buena samaritana que siempre acude para socorrer a los desprotegidos.

Rin, riiiiiin, riiiiiiiiiiiiin (onomatopeya de teléfono)

Norma: Alooooooooooooooooo.

Yo: Hija ¿Qué crees?

Norma: ¿Qué?

Yo: Se me ponchó una llanta. Será que puedas venir a auxiliarme.

Norma: Oooook, dónde estás...

Ya le expliqué y llegó como a la media hora. Abrió su cajuela, saqué su gato, su llave y me dispuse a cambiar la llanta ¿Pero qué creen? Su llave no era de la medida de mis birlos, y para entonces ya llevaba una hora de retraso en la fiesta.

“¿Y ahora qué haré?” pregunté ya muy desesperado mientras las ideas se desvanecían en mi mente. “Pues vamos a buscar una talachería”, respondió Norma muy entusiasmada, y emprendimos el viaje en busca de talachero: recorrimos la 14 sur, la 2 sur, el mercado Zapata, el boulevard Valsequillo y no encontramos ninguna talachería abierta en viernes 2 de noviembre a las 10 de la noche.

Regresamos muy decepcionados por nuestro rotundo fracaso a donde estaba mi carro.

Norma: llámale al de la aseguradora, que te manden una grúa o el servicio vial.

Yo: Lo intenté hace rato y ya no es el número.

Norma: Pero deben de tener otro, te tienen que dar otro.

Llamé a la aseguradora y resulta que el puto seguro no cubre llantas ponchadas. Fue cuando me di por vencido, ya no sabía qué hacer.

Yo: Ya mejor que Diosito me lleve.

Norma: Pues para a un taxi y que te preste su herramienta.

Para ese entonces ya eran las 10 de la noche, la lluvia estaba tupida y yo muy mojado. Pero en cuanto vi que se acercó un taxi me levanté el pantalón, enseñé pierna y se paró... el taxista. Estuvimos intentando por media hora... cambiar la llanta pero resulta que no traía la llave de medida ni los adaptadores ni nada. Fue un rotundo fracaso.

Se despidió amablemente el taxista, se disculpó por no poder ayudar y se fue.

Paré a otro taxista quien por fin pudo ayudarme. A las 11 de la noche ya estaba mi llanta cambiada y fuimos al consultorio de Norma porque no lo había cerrado, allí me cambié, ya no me bañé, sentía como poco a poco el frío y la enfermeda´ se iban apropiando de mi cuerpo. Luego fui al Halloween, estaba por empezar la fiesta de disfraces y me di cuenta que ocurrió nuevamente lo del año pasado.

Moraleja: Dios nos castiga por celebrar Halloween, mejor sigamos con el Día de Muertos.

¡Claro! Chinguen al guapo.

Publicidad