Wednesday, 21 de November de 2018

Mirar al cielo: Norwegian Wood

Por Rolando Ochoa Cáceres / /

panza identifi

La escena es la siguiente. Por alguna razón fuimos a tomar café y después de un par de horas, tras compartir algunos libros y algunos recuerdos, Isbela y yo caminamos sobre avenida Reforma cantando casi siempre Norwegian Wood. Alternábamos a veces las canciones, a veces era Wish you were here de Floyd y luego Norwegian Wood y luego podía ser Survival de Yes y una vez más Norwegian Wood. Teníamos apenas veinte años y caminábamos de esa manera, con los converse desgastados, yo estaba despeinado y ella jugaba con mi cabello, lo revoloteaba y a veces era ella adelante de mí y cantaba “I once had a girl/ or should I say/ she once had me”

Llegamos a Bellas Artes cerca de las diez de la noche y nos sentamos en una de las breves jardineras. Un avión pasaba y miramos el cielo también viendo las estrellas que otros en otros tiempos también miraron y platicamos del suspiro que somos en este universo, de las brevedades, de que el tiempo pasa y sólo pestañeamos... y también advertimos todo lo lejano. Se me ocurrió recitar El instante de Borges: “La memoria/erige el tiempo. Sucesión y engaño/ es la rutina del reloj. El/ año no es menos vano que la vana historia”. Y sonrió sin apartar la mirada del cielo, viendo también el avión desapareciendo en la lejanía, en otro lugar, hacia otro lugar. Y después rió y me pidió que lo repitiera. Repetí el poema y ella fumaba atenta: “El hoy fugaz es tenue y es eterno;/ otro Cielo no esperes, ni otro Infierno”. Llegó un hombre a vendernos una rosa, era la última que tenía, nos dijo que no quería tirarla. La compré y se la di a Isbela que fumaba y que también sonreía. A los cinco minutos llegó otro hombre, desde lejos sabíamos que iba a ir hacia nosotros. Lo escuchábamos. Hablaba solo. Al llegar con nosotros nos señaló el cielo, nos dijo que también aquí abajo es lindo y le dijo a Isbela que en su mano, en la de él, él tenía el universo. Abría y cerraba la mano. Me dijo que abriera la mía y me dio la suya como un saludo. Me dijo que estaba compartiéndome su universo en ese momento. El hombre se fue, Isbela se incorporó y nos abrazamos. Casualmente, cerca de nosotros, un chico en su puesto de discos comenzó a recoger sus cosas para partir. Casualmente escuchaba una recopilación de los Beatles. Norwegian Wood sonaba. Isbela me dijo que bailáramos, que el universo nos estaba casando frente a Bellas Artes, que el padrino era el hombre que me dio la mano, que ya teníamos ramo, que no faltaba nada. Y reímos y nos ocultamos en esa ficción. Después abordamos el metro. Me dijo que no la acompañara a su departamento, que ya todo había ocurrido y repitió las palabras de Borges “otro Cielo no esperes, ni otro Infierno”. Nos vimos dos años después y las comisuras se dibujaban pero todo era incierto...

En abril de este año compré Tokyo Blues: Norwegian Wood de Murakami. El principio es maravilloso. La inmovilidad ante lo fascinante. No recuerdo si lo subrayé al momento pero decía: “Tras completarse el aterrizaje, se apagaron las señales de “prohibido fumar” y por los altavoces del techo empezó a sonar una música ambiental. Era una interpretación ramplona de Norwegian Wood de los Beatles. La melodía me conmovió, como siempre. No. En realidad, me turbó; me produjo una emoción mucho más violenta que de costumbre. Para que no me estallara la cabeza, me encorvé, me cubrí la cara con las manos y permanecí inmóvil”. Recordé esa vez con Isbela donde también todo permanecía estático.

Y surgió la casualidad. Una ocasión, en mi trabajo, mientras esperábamos nuestra hora clase, mis compañeros y yo platicábamos de cualquier cosa. Sin embargo, al sacar unas cosas de mi maletín también saqué el libro y sin preverlo ahí, en esa mesa, dos libros compartían el mismo título, las mismas líneas. Entonces reímos. Diana, una amiga de trabajo y también de tiempo, también lo leía. Y reímos porque se encontraron ambos libros desde sus distancias. Y entonces también fui inmóvil y repetí en la memoria a Borges “Entre el alba y la noche hay un abismo de agonías, de luces, de cuidados”.

Hace poco recordé con ella ese momento y volvimos a reír. Dijo que era “resonancia”. Y dije que todo en este universo es así. Que todo sucede. Que no hay nada indescifrable. Que todo vuelve a suceder. Que todo nos enuncia: desatinos, también conexiones, también destinos. Y todo es resonancia.

Pensé en lo lejana de esa grabación, del Rubber Soul. Imaginé a Harrison en la India Craft en Londres comprando el sítar. Eso fue, si no me equivoco, en 1965. Imaginé las grabaciones y volví a donde yo estaba, en la magnitud de la resonancia, viviendo el mismo efecto que produce el ver las estrellas, vistas por otros en otros tiempos. Era Norwegian Wood de hace algunos años en ese fugaz momento.

Entonces me supe finito, breve, un pestañeo latente. Y también me supe pasajero y también me supe en este mundo donde la resonancia sucede en las estrellas, en la música, en una mirada al cielo. Dice Borges “El presente está solo. La memoria erige el tiempo”. Y la canción concluye And, when I awoke/ I was alone/ this bird had flown./ So, I lit a fire,/ isn't it good/ norwegian wood.