Friday, 15 de November de 2019

Cuando la embarras mundialmente

Por Yonadab Cabrera / /

yonachinguen ident

Nunca había dimensionado la rivalidad histórica- cultural- bélica- económica- tecnológica y karateca entre China y Japón.

Jamás pensé que esa guerra estuviera tan cerca de México y menos que me podría afectar esa guerra cruenta y ese odio que hay entre ambas naciones.

Total a mí qué, si ni siquiera me caen bien los orientales sean japoneses, chinos, koreanos, norkoreanos, filipinos, o cualquier persona con ojos rasgados y de piel amarilla.

Desde muy niño aprendí que japoneses y chinos no se llevan nada, nadita y que se odian a morir, basta ver las películas de Bruce Lee.

Los nipones siempre querían invadir China, exterminar a los chinitos y quedarse con toda su riqueza y su gran extensión territorial, y de pronto veíamos los karatazos.

El caso es que viví en carne propia ese odio, esa guerra, ese conflicto histórico- cultural- literario- de karate- gimnasia- judo- olimpiadas- patinaje- caricaturas y todo lo que le quieran sumar.

Y que quede claro, no estoy obligado a aprender a hablar chino ni japonés, y más hago con intentar comunicarme con algunos de ellos.

Como por ejemplo con la señora “Lee” no sé si así se escriba, sólo sé que todos le dicen así. Una señora muy chistosa que siempre anda bromeando en la alberca del gimnasio, a todos les simpatiza pues “habla ashi” en tono oriental y todo el mundo en el gym la conoce como la japonesa.

Por varios días fuimos los muy nuevos y mejores amigos. Nuestra amistad inició cuando ella se dio cuenta de que yo no la dejaba de ver, y es que es tan chistosa al hablar, moverse, nadar y hacer todo lo que hace: “¿Dónde esh centlo histólico?”, preguntó con su acento oriental tan chistoso para ir a su desayuno de amigas del gym.

Sus movimientos son tan rápidos y muy exagerados o remarcados, dignos de un japonés, oriental, asiático, chino, filipino, koreano, norkoreano o lo que sea, pues para mí todos son iguales sin que nada los distinga.

El caso es que nos empezábamos a llevar bien, “nos milábamos, sonleíamos, cantábamos y bailábamos en el agua. Palecíamos pareja de nado sinclonizado. Colíamos pol los campos flólidos y recogíamos floles de loto”, pero eso cambió muy rápido y drastícamente.

¿Por qué cambió tan repentinamente?

Pues hace unos días me despedí de todas mis nuevas amigas —las señoras de la tercera edad— con las que voy a nadar, muy curiosas y amistosas todas.

Al llegar el turno para despedirme de Lee quise ser empático para que viera que me interesa su amistad, acogerla en México y que soy un estudioso de su cultura.

Ni hao Lee— le dije y me acerqué a darle un beso.

Pero esa señora dulce, tierna, chistosa, amigable y exagerada en sus movimientos, se transformó en una oriental completamente diferente y desconocida. Su mirada rasgada y cálida se tornó más rasgada, roja y llena de odio; todo el amor que me tenía se tornó en odio.

—Pol qué decilme Ni hao, te estás bulando de mí, yo no sel china, yo sel japonesa, lespetame, o qué, queles que nos agalemos a tlancazos. Sé altes malciales, te voy a dal tu melecido, yo n tenel nada que vel con los chinos— me dijo mi amiga japonés e inició a gritar una serie de palabras en japonés que me imagino eran improperios.

—En gualdia— me dijo e hizo su pose de pelea, soltó sus katas, patadas, rasgó más sus ojos y quiso golpearme. Bueno le exagero un poco, pero si hubiera sido así también hubiera salido corriendo.

Pero yo cómo iba a imaginar que Ni hao es adiós en chino y Sayonara adiós en japonés, bueno sí lo sé, pero ¡Qué demonios! Voy a estar pensando en eso en ese momento y ¡Qué demonios! iba a saber que se ofendería tanto, si al fin y al cabo todos se ven igual.

Moraleja: vayan a un centro de idiomas a aprender japonés.

¡Claro! Chinguen al guapo.

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