Wednesday, 13 de November de 2019

Taaaaaa- taaaaaaaaaar- taaaaaaaaa-mudeando ando

Por Yonadab Cabrera / /

yonachinguen ident

Viví uno de los momentos más bochornosos de mi vida y por primera vez quise desaparecer de la faz de la tierra.

Normalmente no me preocupan las críticas, ofensas, burlas y risas de la gente.

Pero es feo darles de qué hablar y ver la forma en que te linchan en las redes sociales. Me sentí como Belinda, Ninel Conde, Carmelita Salinas, Peña Nieto o Juan Carlos Natale.

Por eso, he decidido nunca más hacer transmisiones en vivo por Facebook o cualquier plataforma en la que se escuche mi voz y se vea mi rostro.

Me dedicaré a escribir y sólo escribir.

Y por supuesto, regresaré a la primaria para repasar mis ejercicios de trabalenguas:

Perejil comí, perejil cené. ¿Cuándo me desemperelejilaré?

Pepe Pecas pica papas con un pico. Con un pico pica papas Pepe Pecas.
....

Además, ya hice 50 planas en libreta tamaño profesional de cuadro chico. Nunca más me volverá a pasar, nunca más volveré a pronunciar más Alpanocan, y nunca más la gente de redes sociales que se creen señores sabedores de todo me volverán a criticar.

Y es que el domingo pasado, me dirigí a San Antonio Alpanocan, una de las tantas comunidades que fue devastada por terremoto del 19 de septiembre.

No entiendo por qué no me podía aprender el nombre por más que me lo repetían cada cinco minutos:

Yo: Joven buenas tardes ¿Falta mucho para Nopalocan?

Joven: Mmmm y ¿Eso dónde es?

Yo: Psss que por el volcán, por Tochimilco.

Joven: Aaaaaah, ¿No será Alpanocan?

Yo: Ándele eso.

***
Yo: Señora ¿Voy bien para Al....mmmm Atanoca?

Señora: No le entiendo joven ¡Hable bien!

Eso me contestó la pinche vieja.

Por si fuera poco, en todo el pueblo y en todo el camino hacia el pueblo había cartulinas con Alpanocan en grande y en diferentes colores; yo leía cada uno de los letreros y ni así me aprendía el puto nombre.

Lo peor fue cuando llegué por fin a la comunidad.

Preparé todo para hacer mi súper transmisión en vivo, sólo que esta vez no pensé en ir a dar en el New York Times o El País.

Y así inicié la transmisión: Buenas tardes amigos de CENTRAL, nos encontramos en la comunidad de San Antonio Ca...caaaaaa... lotepec, una de las más afectadas por el terremoto del...

—Es Alpanocan— me respondió una señora.

Aaaaah sí, estamos en Alpanocan cerca de Tochimilco donde el 90 por ciento de las casas se vieron afectadas.

Amigos, la comunidad de Aaaaaaal... aaaaaaal...

—Alpanocan— me dijo otra señora.

Me sentía como Porky “Eeeeeeeeee... eeeeesoooooo... eeeeees... ttooooooodo...”.

En mi transmisión de una hora nunca pude pronunciar Alpanocan, ni una sola vez y toda la gente a la que entrevistaba me corregía.

Opté por ya no decir el nombre de la población.

Pero eso no fue lo peor, aún venía algo más para mí, algo más cabrón que casi arruina mi carrera periodística.

Las calles de Alpanocan estaban destrozadas, llenas de escombro y lodo porque horas antes había llovido. No sé por qué me sentí Carlos Loret de Mola haciendo cosas estúpidas frente a la cámara, para que la gente fuera testigo de mi valentía y que soy muy intrépido.

Entonces, decidí descender por una calle llena de lodo y piedras para llegar hasta la casa de una señora damnificada. Iniciamos el camino hacia abajo, y de pronto me resbalé, casi azoto, pero fue gracias al brazo de la señora damnificada que no caí, no me mojé la cola, ni me ensucié.

Sí, me prensé de su brazo, la pellizqué, le clavé las uñas y no la solté. Solo se escuchó mi grito “Aaaaaaaaaaaaaah”, y pobre señora demás de perder su casa casi pierde su brazo, le dejé mis uñas marcadas, le dejé el brazo morado y no tenía ni alcohol para evitar que se le infectara.

Así fue mi recorrido atropellado por Alpa... alpa... alpa... nocan

Moraleja: No vayan a pueblos con nombres raros.

¡Claro! Chinguen al guapo