Wednesday, 21 de August de 2019

Última carta a la fanática de Yaguarú

Por Zeus Munive / /

Acto 1: al principio fue un Vermú

Quizá ya nadie lo recuerde, creo que a veces ni yo mismo porque ha pasado ya tiempo. Fue en el 2004 cuando supe que ibas a ser la mejor periodista de Puebla. Nunca me equivoqué, lo fuiste, lo eres y lo serás: nadie podrá llenar tus zapatos.

Nos presentaron varias veces en ese año y nunca supimos por qué ambos fingimos que no nos conocíamos. En una de las tantas presentaciones, tú citaste el libro de Señorita México de Enrique Serna y cómo Selene Sepúlveda (la protagonista) pedía en un bar “Un Vermú”. Me sorprendió escuchar que una joven de 20 años citara a Serna y una de las partes más conmovedoras y graciosas de la novela. Y lo dijimos esa vez: “es que se oye chidísimo ‘un vermú’”.

Platicamos. Estábamos en el patio del Congreso del estado. Resultó que tú eras de Guerrero y que no conocías el chilpachole de Jaiba. Me contaste sobre tu padre que siendo profesor conoció en los años sesenta a Lucio Cabañas. Hablamos de la guerrilla de tu tierra. Me revelaste cómo era “El Ticuí” –municipio de Guerrero- y me lo describiste como si fuera el Macondo de Gabriel García Márquez. Un lugar mágico, lleno de colores y de flores, así como de mariposas amarillas que vuelan liberadas.

Nuestro tercer encuentro fue una noche de agosto, cuando los “rechazaditos” de la BUAP, en el zócalo, mientras ellos – los rechazados- estaban en casas de campaña y huelgas de hambre. Eras la única reportera que los cubría, que le daba voz a una minoría que por supuesto era ignorada por el establishment. Solitaria, con grabadora en mano, con tus pantalones de mezclilla rotos a la altura de las caderas y roídos de las valencianas, una ombliguera y tu bufanda de estambre rosa, ahí creyendo que podías cambiar el mundo.

Me diste ternura, Selene. Me encantó ver esa actitud rebelde, cabrona, desmadrosa, desparpajada e irreverente como tu periódico Central. Fuimos a cenar al Vitorio’s. Mario Martell, tú y yo. Pediste una ensalada de atún y un consomé de pollo. Yo una pizza, Martell cervezas. Platicamos de periodismo. Hablamos de Mario Marín como candidato a la gubernatura y lo mal que nos caía. Te reías de Enrique Agüera y lo estrafalario, por no decir naco, que era. Nuestro Güicho Domínguez.

Supe ahí que serías la revelación.

Puebla estaba emputecida, Selene.

 El periodismo, como siempre, estaba emputecido.

No había qué hacer ni para dónde hacerse porque los niños cantores de Mario Marín ya controlaban todo.

Intolerancia, medio en el que trabajaba, publicó un desplegado a favor del candidato Marín. No había espacios para respirar. El sistema controlaba todo. En los medios todo era lo mismo. Platicar contigo fue una gota de esperanza. Había alguien en ese pinche momento que era idealista, que verdaderamente pensaba distinto. 

Debo confesar que me enamoré de tu idealismo

Sucedió que (aunque ahora lo nieguen los actores) había la intención de exiliar a Mario Alberto Mejía porque el candidato Marín, en ese entonces, no lo tragaba. Se abrió la posibilidad de trabajar en Cambio con Alberto Ventosa.

Mejía, Arturo Rueda, Héctor Hugo Cruz, Ulises Ruiz y yo renunciamos a Intolerancia. Quemamos las naves. Saltamos al vacío y nos fuimos a Cambio. Al Cambio que llevaba Fernando Crisanto, aquel que hacía de ocho columnas las crisis del pollo y noticias de ese nivel, que tantas veces nos reímos, Selene.

A ti, en ese momento, ya te querían fuera de e-consulta porque Agüera estaba presionando a Rodolfo Ruiz porque traías jodido al rector, diario lo evidenciabas como lo que era y Ruiz, fiel a su estilo, te mandó a cubrir agropecuarias y a cansarte para que te fueras de ahí (a muchos nos aplicó esa del cambio de fuente al noti-rancho, con ese fin, no te preocupes).

En tanto, en Cambio, necesitábamos una nueva plantilla laboral, la que estaba ya venía muy viciada. Fue cuando propuse tu nombre a Mario Alberto Mejía, quien aún no te conocía. Pujé y pujé para que se abriera la plaza. Al fin lo había logrado. Te lo dije en el Vips de la Juárez y me dijiste que te ibas sólo si contrataban a Edmundo Velázquez. Te dije que eso era imposible. Tu posición era inamovible, así que me comprometí a convencer a mis jefes.

Lo logré.

Te marqué por teléfono a tu casa mientras le colocabas la criolina a tu perra “La Gorda” y te dije el famoso: “ya chingamos”.

En enero del 2005, creo que fue el 5 de enero, ya no recuerdo bien. El periodismo en Puebla volvió a brillar.

Acto 2: Apuntes sobre el cura pederasta

Recuerdo que ya instalados en Cambio, te volaste la barda. Regresaste al origen del reporteo. Dejaste la comodidad de la sala de prensa del Congreso del estado y te lanzaste a la mixteca, a Tehuacán, recorriste un buen de carretera con tu chevy color vino al que bautizaste “El Botas” en honor al chango de Dora la exploradora. Y sí, aunque decías que no, era un albur eso de Botas el changuito.

Nunca me equivoqué, eras la mejor reportera

Aquí en Puebla, mientras tú estabas armando el reportaje sobre los abusos de Nicolás Aguilar y hacías que la Iglesia Católica amenazara a los directivos del periódico Cambio, la mayoría de los reporteros estaban en las salas de prensa chacaleandose los audios y dividiendo las notas para no trabajar los fines de semana. Los dueños de los medios y directivos cobijando al poder en turno.

Ahí están planas y planas de tu investigación.

También fuiste a Cancún a entrevistar a Lidya Cacho.

Hiciste periodismo. En ese entonces, como ahora, los políticos son tan ignorantes y tan pendejos que solo le hacen caso a los columnistas. No pueden leer datos duros y más de dos cuartillas, para ellos eso ya es demasiado.

Ya llevaremos más adelante, muchos de tus textos publicados en Cambio, pero lo hiciste. Quizá el problema y deja que te lo reclame es que no te la creíste, pero a pesar del robusto ego de los directivos de Cambio, ya los habías rebasado desde hace mucho.

Acto tres: Nace Central

Nos habíamos peleado varias veces. Tú y yo siempre nos peleamos. Yo era tu porrista, pero a la vez tu opositor. Es que, en buena onda, Selene, eras a veces bien necia y yo que me enciendo bien fácil. En fin, pasa. Ya no tiene caso recordar, pero estábamos peleados en esto que ahora recuerdo:

Nos topamos un día de noviembre del 2011 en Kamafruta de La Paz. Me saludaste, después de quizá un año que no nos hablábamos. Me dijiste que querías platicar conmigo. Nos citamos ahí nuevamente y desayunando me dijiste que renunciarías a Cambio.

Te felicité. Te dije que qué bueno que por fin te independizarías. Que rompieras el cordón umbilical. Me pediste que no dijera nada, me hiciste prometerlo. Me dijiste que me querías de columnista. Dijimos que públicamente diríamos que estabas haciendo un blog.

 Pactamos. Regresamos a ser amigos. Volvimos a ir por unos tragos, como en otra época. Hablamos de nuestras vidas. Perdonaste una chingadera que te hice por la que me dejaste de hablar, aunque siempre me la estuviste recordando. Me volviste a hacer tus tacos dorados que me volvían loco y que años antes, después de probarlos, hasta te pedí matrimonio.

Ya cuando ibas a sacar Periódico Central nos vimos y me dijiste: “renuncia tu columna a Intolerancia y vente para acá”. Te dije que no había hablado con Enrique Núñez. Me dijiste: “tú eres de aquí. No puedes fallarme. Tú eres parte de esto”. Y me pusiste tus ojos de gato chantajista que siempre me convencieron y por los que muchos de los reporteros de Cambio me reclamaban de que tú eras mi consentida.

Bueno, una aclaración, Selene siempre fue mi reportera consentida, perdón a Efraín Núñez, puedes odiarme a mí también.

Le mandé un correo a Enrique Núñez y le avisé que me iba. Y me fui como las chachas, porque la neta, la neta, Selene, a pesar de las diferencias con el director de Intolerancia, él se portó cuate en ese momento. Me habían censurado de Milenio Puebla, tras la salida de Julián Ventosa, nuestro gran, gran cómplice.

Pablo Ruiz, director de Milenio, se encargó de mandarme a gayola y Núñez me dio un espacio. Ahora llegaste tú y me tuve que ir a tu proyecto que vi nacer y del cual me siento orgulloso de pertenecer.

Fuiste una cómplice.

Mi gran mejor amiga.

¿Cuántas veces nos habremos mentado la madre? No lo sé. Muchas. Hicimos un grupo a prueba de balas. Y la verdad, Selene, si estuvimos en las buenas y en las malas fue por ti. Fuiste la líder y siempre te respaldamos en todas tus locuras.

Puedo escribir mucho, mucho acerca de ti, pero solo lo resumo con estas palabras: fuiste y eres y serás la reportera más chingona de Puebla. Quizá mi mérito y lo cual siempre presumiré es que tuve la visión de jalarte de este lado del barco. Por otro lado, fuiste mi mejor amiga, eres la única que sabía todo de mí.

Todo es todo. 

Y si existimos muchos en torno a ti, fue porque eras ese imán que nos unió, a pesar de ser tan distintos y no siempre coincidir.

Adiós, Selene.

Las despedidas no son agradables y duelen un chingo. Se siente que te arrancan un pedazo de tu alma.  Nos quedamos a cuidar la plaza. Viridiana Lozano, hará un excelente papel, tenlo por seguro. Ha sacado la casta y ha demostrado ser tú mejor creación. Ella mantendrá la calidad de este portal. Además, no dudo en decir, que siempre te fue muy leal.

Adiós, Selene.

Te quiero un chingo. Y no niego que me duele perder a mi única consejera, a quien sí le hacía caso. Ya no hablaremos de nuestros libros de John Connolly ni de Fadanelli, ni de Alessandro Baricco y cómo nos impactó Oceano Mar. Ya no te recomendaré las series de televisión ni las películas.

Adiós, fanática de Yaguarú. Ya no trataré de inculcarte otros gustos musicales y no porque me rinda simplemente porque… bueno para qué remover esta herida.

Te veo en la siguiente vida, preparas los tacos.

Sabes que tuve que tomar diclofenaco y naproxeno porque estoy adolorido de todo el cuerpo, desde tu partida, es en serio, fue mucha angustia, fue mucho estrés.

Es que, con perdón de Borges, pero me duele una Selene en todo el cuerpo.

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