22 de Abril del 2018

¿Madurar a los treinta y algo?

Por Rolando Ochoa Cáceres / /

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Creo que muchos hemos pensado que se nos ha ido gran parte de nuestra vida intentando ser nosotros mismos, intentando ser mejores siempre o intentando madurar lo más pronto posible. He llegado a pensar que probablemente creemos que nuestra personalidad es como una gran banda de rock y que a determinado tiempo sacamos un disco y esperamos el resultado desde el análisis de nuestros fans. Por eso que a veces escuchamos frases como “antes no eras así” o “me gustaba más cuando hacías esto” o “esta parte de ti sí te queda”, etc. Cuando a un rockstar le preguntan cuál es el disco favorito de su banda, probablemente diga uno sin dejar de lado los demás significándolos como “la evolución del sonido de la banda”.

En el rock puede entenderse pero, ¿qué pasa cuando eso también sucede con nuestras etapas de vida, con aquello que nos define? Por un lado nos dicen que somos lo que hacemos. En este caso, solemos decir “bueno, soy médico”, “soy administrador” o “soy futbolista”. Así, nuestros actos nos definen y por lo tanto, dentro y fuera del hospital debes comportarte como un médico responsable, dentro y fuera de la oficina debes comportarte como un administrador serio, dentro y fuera de la cancha debes comportarte como futbolista profesional Desde ahí es donde nuestros juicios se apresuran para señalar. Criticamos desde la profesión y no desde la personalidad de las personas. Madurar, dicen, es actuar conforme la profesión, según este contexto.

Por otro lado, nuestra personalidad sirve de masa o de mezcla para hacer galletas para aquellas personas que desean estar con nosotros siempre y cuando nos ajustemos al molde de su vida. Una cosa es aceptar la personalidad del otro y otra es comandar esa personalidad basándose en gustos e ideales. Una de mis familiares tenía un novio que no sólo la convirtió por un momento al cristianismo, también le puso la playera de futbol de su gusto, le decía cómo cortarse el cabello, cómo vestir y también qué comer. En este caso, madurar, dicen, es conforme el molde de los otros. Si actúas para complacer al otro que tiene “la razón” entonces has desbloqueado el logro.

En otros casos, la personalidad va definida con el supuesto éxito que se sugiere desde las pertenencias. Cuántas veces no hemos escuchado “es un ser maduro porque ya está casado, ya tiene hijos, ya tiene su casa y su auto y hasta zoológico en el patio de su casa”. La madurez, dicen, está en el altar para “sentar cabeza”, y la casa y el matrimonio están para que uno “no se salga de la madurez obtenida”. En este sentido madurar es continuar el ciclo social de la vida. El matrimonio consolida la personalidad de ser adulto, de ser serio.

Últimamente he hecho un ejercicio que en realidad no sé si provenga únicamente de la filosofía budista pero de alguna forma me ha funcionado. Lo único que he hago es, en ciertos momentos del día, ponerle pausa a todo y observar el lugar en el que estoy, observar el cómo me siento y si lo que siento es real conforme mi interior o real conforme a lo que se me ha impuesto social e ideológicamente. Detenerse para sólo observar.

Así que he llegado a una reflexión que de alguna forma me tranquiliza. Ninguno de los ejemplos anteriores los vivo pero ¡vaya que me he desgastado lo suficiente por obtenerlos! Mi personalidad, mi madurez, iba comandada para complacer y cuando el resultado era negativo me sentía el ser más miserable del mundo. Cuando me separé hace un año sufrí no tanto por el hecho de separarme, sino por la imposibilidad de consolidar una familia.

Laboralmente tuve muchas frustraciones porque lo que hacía, mi profesión en su momento, estaba más marcada por el desempleo y el absurdo que por algo concreto y amoroso. De ahí que, por obvias razones, no sabía ni quién era ni qué debía hacer para sentirme mejor.

Mucha gente me ha dicho que en algunas ocasiones actúo como un ser inmaduro, que mis decisiones no las pienso muy bien. También se me ha dicho que ya debería tomarme la vida más en serio. Una ex novia me dijo “yo necesito a un hombre de verdad en mi vida, no a alguien como tú” y esto lo dijo después de cinco años.

Tras todo eso y haciendo una introspectiva me doy cuenta que, en realidad, este es uno de los momentos de mayor conocimiento personal que he obtenido en mi vida y la clave ha estado en aceptarme tal como soy y no intentar alcanzar, por los demás o por el juicio de una generalidad, aspectos de la personalidad que no van en nada conmigo.

Hay cosas que del plano de la madurez no me interesan más como casarme o tener hijos o planear un futuro incierto que ni siquiera sé si voy a vivirlo. Detenerse también es estar en el presente así que, ¿qué prisa por madurar? O ¿qué prisa por madurar para los demás?

En realidad creo que madurar es disfrutar la vida siendo el ser más inmaduro del planeta. Sólo desde ahí se dan, en realidad, las mejores decisiones y claro, desde ahí, uno puede ser uno mismo. Madurar no es enjaular, madurar es vivir y dejar vivir.

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