22 de Junio del 2018

Escribir por ¿depresión?

Por Rolando Ochoa Cáceres / /

panza identifi

A veces no me creo lo suficientemente bueno, dudo constantemente de mí y aunque a veces parezca que todo está controlado, en verdad, dentro de mí, hay una disputa constante entre el orden y el caos, lo que debo hacer y lo que deseo hacer, en lo que debo trabajar y en los sueños que deseo trabajar.

Producto de muchas malas experiencias, mi mente suele generar ciertas conspiraciones para que, cada cosa que haga, la predisponga en una situación incómoda, errónea o grave. He vivido desde muy pequeño con la idea de que todo, tarde o temprano, saldrá mal. Mis días se debaten entre la felicidad del momento o la eterna incertidumbre del futuro o de la nada que es, a veces, relativamente lo mismo.

Aun cuando busco respuestas desde la terapia psicológica o desde la meditación y aunque mis esfuerzos siempre se acompañen de actitudes positivas, cuando mi mente hace sus pequeñas trampas para que yo caiga, inmediatamente veo sólo un abismo al que, por más de que intento evitar o contemplar, suelo caer sin contemplar algún fin propio.

Suelo preocuparme por todo y así, también, suelo temerle a todo. ¿Dónde encontrar la tranquilidad o, por lo menos, el poder controlar lo que se produce en mi mente? En realidad, mucho me ha servido la meditación pero a veces, dentro de la misma, pasan cosas por mi mente que me colocan en un estado exponencialmente nervioso.

Entonces se detiene mi meditación y duermo entregándome a toda la fe para que nada de lo que se trabaje en mi mente sea capaz de afectarme.

Cuando uno tuvo muchos vicios y vías de escape poco productivas y positivas, al abandonarlos totalmente, se produce sí, un cierto bienestar pero también una energía incontrolable que, si no se emplea en determinadas actividades, puede despertar viejos fantasmas o nuevos monstruos. De ahí también la constante incertidumbre.

Desde el año 2008 comencé a tener ciertos episodios de depresión agudos que, literalmente, me tumbaban, sin embargo, podía calmarme desde la lectura y la escritura y, cuando tuve la oportunidad, tomé el trabajo también como terapia.

Se agudizaron más en el año 2011, después de haberme separado de una relación de muchos años y haber quedado, literalmente, en la deriva de la nada. Y aun así, seguí cumpliendo sueños desde una voluntad que de alguna forma tenía que encenderse muy dentro de mí.

Creyendo que todo ya estaba por pasar, falleció mi madre y la deriva fue otra. Un naufragio de inverosimilitud. Estaba en medio de un mar de indecisiones, de emociones intratables e irritantes, de caos emocional. En realidad quería hacer cada vez menos y no saberme plenamente existente.

En el 2016 fue la meditación la que contuvo esos episodios y desde el 2017 mis hallazgos desde la terapia psicológica.

La semana pasada di una plática sobre bullying y asertividad para chicos de preparatoria y padres de familia. Después de aquella plática, esa misma noche, me refugié en un restaurant para cenar algo y tomar té. Pensaba constantemente en algo que dije, no sé por qué, durante la plática: la necesidad del perdón.

A veces hablo de dientes para afuera y creo, cuando hablo del perdón, que en realidad ya lo he hecho pero muy dentro de mí sé que no he logrado perdonar de corazón.

Aquella noche volví a cuestionarme ¿y por qué voy a perdonar a quienes me hirieron? ¿por qué, de alguna forma, también eso para esas personas es una pequeña victoria sobre mí?

Recordé a la filósofa Hanna Arendt que decía algo así como el perdón es libertad. ¿Es entonces, el acto de no perdonar una especie de prisión interna?

Lo es y nubla demasiado no sólo el presente, también toda la vida.

Le hablé a un amigo por teléfono y le pregunté el por qué tenía que perdonar a alguien que nunca me ha ofrecido una disculpa, perdonar a quienes nunca más he vuelto a ver y que por lo tanto, ese acto, de alguna manera, me ata a esas personas para recordarlas constantemente y recordar aquello que no deseo vivir jamás. Mientras se lo contaba sentía un enojo enorme y unas ganas incontrolables de llorar ¿por qué yo tenía que perdonar?

Mi amigo me dijo que quien realmente hablaba y cuestionaba eso era mi propio ego y que en sí, el acto de perdonar no conllevaba a expiar culpas, llevaba a liberarme de todos aquellos actos y de todas aquellas heridas. Me rehusé totalmente y le dije que el único perdón digno es aquel que tiene la esencia del arrepentimiento. Repetía por teléfono: “siempre cuidé en no hacerle daño a nadie y desde chico la gente se ha encargado de fastidiarme la vida, de sacarle provecho a mi vida, de usar mi vida como trampolín para sus intereses, de malgastar mi vida”.

Me sentí triunfante con mi enojo, creía que mi postura había trascendido lo suficiente en aquella plática y él, únicamente, se limitó a decirme “sufres las batallas que quieres, incluso aquellas donde ni siquiera existes” y concluyó ¿por qué esperas que la gente te ofrezca una disculpa? ¿no crees que ese sea más el tema de ellos que tuyo? ¿por qué deseas tener la razón desde el acto de esas personas y no desde tu propio dolor?

Le colgué y pagué la cuenta. Al entrar al auto estaba nervioso y las manos me temblaban, no podía manejar pero tenía que hacer algo pronto. Comencé a meditar y mientras afuera la gente caminaba, reía o pasaba en auto, yo veía el calor de mi enojo y la profundidad de mi tristeza. Escuchaba constantemente las palabras de mi amigo en mi mente y decidí ceder. Entendí que el perdón era hacia mí porque muchas de aquellas malas experiencias habían sido decisión mía, porque quería creer y ¿quién, de verdad, no ama la idea de creer en otros, en algo? Comprendí que siempre había cedido a la postura de los demás pero que nunca me había escuchado internamente y había dicho, asertivamente, lo que realmente quería de mi vida. Vi que yo no tenía la culpa de mis episodios depresivos, de mis pesadillas, de mis monstruos.

Sólo me puse mi mano derecha en el pecho y pensé en el amor que tengo de quienes están a mi alrededor y también, en el amor que emerge desde dentro de mí. Comencé a sentir que, lo que realmente quería no era escuchar una disculpa sino liberarme del pasado y no re pensarlo.

Al llegar a casa me acosté tan rápido como pude y, por extraño que parezca, comencé a sentirme un tanto más sincero conmigo mismo, mi voz interna me decía constantemente que no dudara de mí, que todo, más bien, de una u otra forma, está destinado para hacerme aprender, hacerme vivir y entonces apareció la frase de Hanna Arendt : “En la medida en que realmente pueda llegarse a "superar" el pasado, esa superación consistiría en narrar lo que sucedió”. Y ahora, escribo.

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