22 de Abril del 2018

Cuando se te sale la pena en el Walmart

Por Yonadab Cabrera / /

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¡Ay Dios!

Ha sido de las veces que más pena he sentido en mi vida y eso ya es hablar de más.

Siempre que pienso no me puede ocurrir nada más vergonzoso. Ocurre.

Siempre que pienso que ya nada me podría causar pena. Ocurre.

Siempre que creo que no podría meter la pata de forma monumental. Vuelve a ocurrir.

¡Dios nunca te he pedido nada, pero...

Ya para la masacre, estoy harto de ser yo!

Haz algo para que deje de ser yo y morir de pena cada vez que salgo a la calle.

¿Qué sigue?

Hacerme del baño.

Recibir mi sopa de nudillos y no meter las manos.

Ser exhibido públicamente.

No lo sé y prefiero no saberlo.

Verán:

Recientemente me encontré a los amigos de la Secretaría de Salud repartiendo condones.

Dije “bueno, por qué no” y acepté solo dos, los cuales metí en mi cartera.

Por la noche fui al super, específicamente a Walmart de San Manuel.

Ya saben cómo se pone todos los días después de las 9 de la noche, parece que todos los venerables abuelos van a hacer sus compras de pánico.

Compré mi despensa, mis accesorios personales, hasta una rica rosca de chocolate que tanto me gustan.

Esperé media hora en la fila kilométrica para pagar, hasta que tocó mi turno y empezaron a deslizarse las cosas por la banda Tup, tup, tup, tup, tup, sonaba la caja registradora una y otra vez, y yo solo veía cómo iba creciendo la cuenta.

¡Maldita sea!

¡Maldito Peña!

¡Maldito Meade!

¡Maldita especie humana que necesitamos de tantas cosas para vivir!

Fue todo lo que pensé al momento de ver encarecida mi cuenta...

“Son 300 pesos”, me dijo amablemente la señora cajera de unos 50 años de edad. Escucharon los viejitos cerillos, los viejitos que pasaron antes que yo y los que iban después de mí.

“Claro, ahora mismo le pago”, respondí mientras sacaba mi cartera de la bolsa trasera de mi pantalón, quise hacerme el chistoso porque no salía.

Por fin salió, saqué un billete de 500 pesos, pero con él se salieron los dos condones y además cayeron sobre la barra de la caja, a la vista de todos.

Los viejitos que estaban delante de mí pensaron “qué asco de persona”.

Los de atrás se rieron.

La cajera puso una cara desencajada y el viejito cerillo no se dio cuenta pues estaba muy entrado acomodando mis cosas.

“Ay mis cositas, se me cayeron”, fue lo único que pude decir “¡Mis cositas!”, mis malditas cosas frente a venerables ancianos de Puebla mochos, moralinos que se espantan de todo.

Nadie quiso agarrar los condones, los tuve que recoger yo mismo y regresarlos a mi cartera con toda la pena del mundo.

Moraleja: Los condones se quedan en casa.

¡Claro! Chinguen al guapo.

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