Friday, 22 de September de 2017

El espejismo de la superioridad moral

Por Betzabé Vancini / /

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Los últimos meses he estado muy activa en Twitter más que en mis otras redes sociales y he podido percibir una serie de circunstancias que no sólo podrían irritarme sino que también me preocupan desde las ramas que comprende mi profesión. Además de los niveles de agresión y de intolerancia que percibo cotidianamente en los usuarios de esta red social, veo también que en páginas como esa se materializa de forma tangible el espejismo de la superioridad moral.

Sin importar la cantidad de memes que haya al respecto de los veganos, los crossfitters y los que rescatan animales y su “superioridad moral” siempre entrecomillada por otros usuarios, podría hacer aquí una larga lista de otros aspectos que le dan a la gente la ilusión casi delirante de ser superiores a otros y tener el derecho arbitrario de juzgar a otros usuarios y, seguramente, a su círculo real de relaciones.

Podríamos hacer un artículo de la superioridad moral de los ciclistas, los peatones, los comunistas, los defensores de la verdad, los cristianos en acción, los emprendedores, las mamás de tiempo completo, las feministas, los feministas, los psicólogos, los sociólogos, los que aman sin títulos, los que se casan y se comprometen, los que no comen gluten, los que sí lo comen y así hasta terminar locos tratando de explicar por qué esos seres humanos tienen una supuesta superioridad moral para juzgar a otros.

El debate de la semana lo originó el sismo, los daños en Oaxaca y la RAPIÑA que se robó los víveres que iban camino a Juchitán. Y aun así la gran sorpresa fue encontrar en redes sociales los comentarios de los que defendían a los ladrones diciendo que “es muy fácil juzgar desde tu iPhone a personas que se roban botellas de agua, por necesidad”, y todo el discurso implícito en el que el culpable es el gobierno. Sumemos entonces: la superioridad moral de los que son capaces de comprender A TODOS, HAGAN LO QUE HAGAN, y la superioridad moral de los que critican al gobierno –y eso los hace no ser de los borregos de la bola, ¿o sí?-.

En la vida cotidiana ocurre lo mismo, es más fácil ver la falla en los otros que las inconsistencias que tienen que ver con las propias. Pero en este tema de la superioridad moral entramos en un terreno muy escarpado y engañoso. ¿Existe la superioridad moral? ¿Qué o quién le confiere a esas personas la facultad de juzgar desde su trinchera? ¿Quién les dijo que su forma de ver la vida es la mejor, la más sana, la más sensata o la correcta?

Sucede queridos lectores, que esa superioridad moral es un espejismo porque es obra de nuestro INMENSO NARCISISMO y de una enorme necesidad de definirnos a partir de otros, de agruparnos o de distinguirnos. Ninguna postura ideológica o religiosa faculta a nadie para denigrar, excluir o juzgar al otro, mucho menos trivialidades tales como con qué se alimentan o a qué cuentas siguen en redes sociales. Esta semana leí a una usuaria “Si le dan RT a tal usuario, les doy unfollow”. La jueza ha dictado sentencia. Te va dejar de seguir. Uy qué miedo.  

¿No será que en esta batalla por obtener la inexistente medalla de la superioridad moral dejamos en evidencia que no hemos acabado de construirnos a nosotros mismos, lo vacías de nuestras relaciones y lo neuróticas de nuestras expectativas?

Por cierto, no estoy en un discurso pacifista al estilo Gandhi de amar a todos. No, no podemos amar a todos, pero tampoco podemos segregar a todos. Y lo que sí podemos hacer es ser congruentes con nuestros juicios y honestos con nosotros mismos para saber que ninguna vida es perfecta –ni la propia- y eso está bien, así como que nadie tiene que cumplir nuestras expectativas, que habrá quienes las cumplan y habrá quienes no. ¿De verdad tendríamos que estar segregando a la sociedad por simples opiniones subjetivas? ¿Es tan difícil de ver y de notar que tengamos la formación que tengamos, las preferencias que sean o la inclinación política o sociológica determinada, no somos más que simples, mortales, subjetivos seres humanos? Qué horrible necesidad de autoimportancia.

Creo que el día que realmente asumimos esa postura de “no soy quién para juzgar” sin ponerle “pero” después, nos sentiremos más libres. No te toca calificar las posturas de otros, te toca definir una postura propia y SER CONGRUENTE. Nada más. 

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