Monday, 20 de November de 2017

Perdona tu pasado, sana hoy

Por Rolando Ochoa Cáceres / /
Perdona tu pasado, sana hoy
Foto: Especial

panza identifi

Puede que te haya sucedido que pases de un estado de felicidad total a la tristeza abismal. Todo gracias a un recuerdo, a un truco de la memoria que te vuelve a ciertos lugares, a cierto tiempo, a ciertas personas.

Casi siempre con las personas con las que nos relacionamos de una o de otra manera sale algún tema del pasado y lo revivimos tan intensamente que parece ser que estamos en ese lugar, en ese tiempo, con esa persona.

Atarnos al pasado significa perdernos el presente y sin embargo, parece ser que nos aferramos más a lo que ya pasó que a lo está aconteciendo ahora. Nos duele en demasía lo que nos hicieron o nos afectó tanto que tenemos la herida abierta a disposición del mundo, a disposición de todos.

Es difícil apartarse de ello y lo es más cuando el rencor y los miedos están latentes.

A mí me pasó que dejé de escuchar ciertas canciones porque me recordaban a ciertas personas que me hirieron. Puede parecer una tontería e incluso muchas personas me dijeron “ya supera”. Durante un tiempo estuve evitando a como diera lugar esas canciones aunque sabía que me gustaban en demasía. Es difícil vivir con la tristeza que provocan esas heridas pasadas y que prácticamente se le delega a uno mismo en soledad el sanarlas. En alguna ocasión escuché todas esas canciones y la melancolía pasaba y sabía que me iban a afectar de manera profunda. Me preguntaba ¿por qué me hizo esto? O ¿por qué actuó de esa manera? O ¿por qué no volvió a hablarme? O ¿por qué se fue sin decirme nada? Ni se diga de aquellas canciones que me recuerdan a mi madre a quien ya no puedo preguntarle nada ni decirle nada ni abrazarla una vez más.

De niño se me enfatizó la oportunidad del perdón. Desde el punto de vista religioso sonaba a paz. Desde el punto de vista psicológico sonaba a libertad. Desde el punto de vista mortal sonaba imposible.

Crecí con ciertos rencores y con una cantidad inimaginable de miedos. Es extraño porque uno no quiere que se repitan los eventos dolorosos y ya después de un tiempo uno vuelve a ellos desde la memoria y la perspectiva se transforma. Ahora creo que esa visión tiene que ver con la autocompasión dispuesta en el amor.

El pasado suele detenernos, nos orilla y nos enclaustra y hace que toda vivencia presente se vuelva inútil o fracturada. Comparamos y ahí cometemos un grave error. Desde la comparación no le damos oportunidad a la vida de mostrarnos la diferencia, el aprendizaje o el nuevo camino. Nos aferramos a un rumbo conocido porque otro nos da miedo, porque ya no queremos salir lastimados… y de repente, seguimos igual de heridos o peor.

He entendido que algo que tiene el perdón es la aceptación. Solemos idealizar momentos y/o personas y al no cumplir nuestras expectativas comenzamos a juzgar y a etiquetar. Yo viví así mucho tiempo y creo que no era lo correcto. Algunas de mis heridas fueron mi decisión y eso creo que es revelador e importante.

Nadie merece ser lastimado, ni engañado, ni herido pero aun sabiendo que ese puede ser el resultado, intentamos, desde nuestra idealización, convertir todo eso en algo que, según nosotros, nos conducirá al bien. Y en realidad es que lo único malo es que, antes de aceptar, ponemos en personas o situaciones todas las ficciones posibles para justificar nuestra decisión y por lo menos estirarla y agotarla. De ahí que, al no aceptar la realidad de nadie o del mundo, caemos en el abismo de la tristeza, del dolor. Nos sabemos traicionados pero de la peor manera ¡traicionados por nosotros mismos! Y el autoengaño lastima. Queremos ser amados pero ¿nosotros mismos nos amamos?

Suena a cliché pero es muy importante aceptarse, reconocerse y amarse. Sí se debe decidir desde la razón pero también hay que hacer caso a los mensajes del corazón. Por razonarlo todo nos perdemos la sensación de vivir y por sentirlo todo de manera extrema nos perdemos el significado de la vida.

Perdonarnos a nosotros mismos es aceptarnos y ese el gran paso, el paso de valientes. No hay nada de malo en reconocer los fallos de nuestras decisiones y tampoco hay nada de malo en celebrar otras. Y sin embargo hay que estar conscientes que si bien lo que pasó en el pasado es importante, lo relevante y revelador está ocurriendo ahora.

Si el pasado nos resulta doloroso ¿por qué no decidir hoy el presente feliz, alegre, positivo? Sé que se ha mantenido esa postura de que el no ser feliz resulta más interesante pero ¿por qué se desacredita lo interesante de la felicidad, el camino a ella? 

Dice Regina Brett en su bonito libro “Dios nunca parpadea” que “Se necesita todo un trabajo para reprogramar tus pensamientos sobre ti mismo, pero cuando lo hagas, todo en tu vida mejorará, especialmente tus relaciones más íntimas. Si tú no haces el trabajo difícil, constantemente te tropezarás con tu pasado y te encontrarás con lo peor de tu mamá y de tu papá en cada relación. Reprogramar tus pensamientos no eliminará los agujeros en la vida, pero puede evitar que caigas en ellos”.

No me gusta tanto pensar en reprogramación pero más bien pienso que ese camino del que la autora habla tiene que ver en mucho con el perdón y con la aceptación.

Solemos ver nuestros errores de la forma más dolorosa, somos nuestros peores críticos y enemigos y no pensamos en ser nuestro mejor critico y nuestro mejor amigo. ¿Por qué tirarnos nosotros mismos a ese abismo en el que ya nada ocurre?

Yo mucho tiempo viví en ese hoyo, en ese abismo oscuro y siniestro que no únicamente me generó miedos y rencores, también odié y desprecié lo que vivía, odié a la gente que me hizo daño o que pensaba que me hacía daño e incluso llegué a desearles lo peor. De un tiempo a esta parte sé que ese odio no era hacia ellos ni a las situaciones, el odio era hacia mí y que yo me deseaba lo peor ¿no es este acaso un escenario trágico, mortal?

La idealización es un molde de control y también de ficción y dolor. Tan es así que también nosotros actuamos distinto y dejamos de ser nosotros. De ahí la renuncia, la falsedad y nos estrellamos contra el mundo, contra nosotros. ¿Por qué engañarnos, por qué decidir lastimarnos de esa manera? Y de ahí surgen también las ansiedades, las obsesiones, los juicios hirientes, la voluntad de destruirnos y de destruir al otro por nuestro ego.

Creo que en mucho el perdón puede ayudarnos a sanar e incluso creo que es el primer paso para lograr ser y disfrutar la vida. Aceptarnos es parte del camino y de ahí, voltear hacia nosotros con amor implica también el trabajo de vernos como lo que somos. Perdonarnos porque somos humanos, no seres divinos es, aunque parezca ilógico, parte del asombro, del milagro. Aceptarnos conlleva también aceptar a quienes nos rodean sin sostenernos en expectativas ni en mundos irreales. Amarnos sí conlleva a amar todo lo que está en nuestro camino. El perdón conlleva amarnos con lágrimas que creíamos imposibles y después nos conduce a enviar amor en donde depositamos odio. Si perdonar es aceptar, amar es el camino a la felicidad.

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