Sábado, 29 de Abril de 2017

Una serie de caídas desafortunadas

Por Yonadab Cabrera / /

Es una pena tener manos de estómago.

Es una maldición caer en mis manos.

Es una desgracia sufrir 3 caídas y vivir para contarlo.

Y es una bendición tener un celular tan aguantador como el mío.

***

Todo iba bien, llevábamos 3 años de amigos inseparables, cuidándonos mutuamente, nutriendo nuestra amistad cada día. Yo le limpiaba el polvo que le caía, no lo prestaba a nadie y no dejaba que nadie lo tocara ni con el pétalo de una rosa.

Él como siempre estaba al 100 por ciento de batería, con datos y saldo para auxiliarme en las batallas más desesperantes que libraba al día, como todo un guerrero.

Y espero que siga viviendo para contarla y no sea verdad eso que dicen que la tercera es la vencida.

Primera caída
Me da pena contarles esto. Es muy vergonzoso.

Ya saben, es de esas veces que uno ya no aguanta las necesidades fisiológicas, corres al “tocador”, sudas frío, traes tu cola de pitufo, y dejas salir todo el estrés.

Y como seguramente todos ustedes hacen, mientras expulsé el estrés, me dediqué a ver el Facebook, el Twitter, contestar los whatsup, llamar, mandar mensajes de voz, tomarme selfies y cualquier cosa que cualquier ser humano hace en el baño cuando está en el baño.

Una vez que todo salió, metí el celular en la bolsa de mi pantalón, tomé el papel… me subí el calzón, el pantalón y le bajé.

Justo cuando terminó de bajar el agua:

Rin, riiin, riiiiiiin (onomatopeya de llamada de teléfono)

Y justo al momento que saqué el celular de mi pantalón para contestar…

Sigo sin entender cómo cayó al escusado, sigo sin entender cómo fue que empezó a nadar y hacer bucitos.

—¡No maaaaaaames! Mi celulaaaaaaaaaaaaaar ¡Qué pendeeeeejo!— y así me grité una serie de improperios hasta que reaccioné, recobré la razón, corrí por una bolsa de plástico, me la puse en la mano derecha, cerré los ojos, respiré onda y profundamente y sin pensarlo 2 veces, metí mi mano para rescatar el cel.

Segunda caída
El 10 de noviembre me encontraba en mi natal Tangamandapio, donde las mariposas vuelan y los pájaros cantan. Regresaba a la casa de mis abuelos después de atender asuntos personales cuando:

—¿Dónde estabas? ¿Por qué no me contestas, te he estado llamando y mandando mensajes?— me dijo mi mamá que estaba parada en la puerta, agitando su pie derecho, y con su tono retador, sí, a mis 33 años todavía tiene ese tono retador de mamá que regaña a los niños.

—Deja de tratarme como niño chiquito, no ha sonado mi celular, no tengo nada, mi…..— le respondí justo al mismo tiempo en que iba sacando mi celular del pantalón y no pude terminar de decir “mira”, pues en ese instante se cayó mi teléfono en el agua del perro, sí, en el agua del Basilio.

En el traste donde toma agua el perro.

Tercera caída
Y bueno en la tercer y última caída, mi pobre teléfono bailó las calmadas.

Nuevamente me llamaron por teléfono, como de costumbre mi aparato receptor de llamadas se encontraba en la bolsa de mi pantalón, al sonar lo saqué, pero no entiendo cómo salió volando, fácil voló como unos 2 metros de distancia y la pantalla y la tapa se hicieron cachitos, mil cachitos.

Actualmente, el pobre celular sigue en el hospital y espero su pronta recuperación.

Moraleja: Si tienen manos de estómago, mejor pónganle protector a todas sus cosas.

¡Claro!, chinguen al celular.

ANTERIORES