Lunes, 29 de Mayo de 2017

Yona y la mamá preocupona

Por Yonadab Cabrera / /

 

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Nunca imaginé que me surgiera el amor paternal y maternal, es más jamás pensé que llegaría a experimentar tales sentimientos y es que por mucho que adore a mis sobrinos, llega un momento en el que los regreso a sus padres para continuar con mi vida de diversión.

Bien dicen, los sobrinos son prestados y los tíos solo estamos para consentirlos ¡Alabado sea el señor! Porque luego tienen tanta pila, tanta energía que uno ya no sabe qué hacer con ellos, pero ahí es cuando entran los papás a reprimirlos y llevárselos. Así de sencillo y simple.

Pero cuando uno se convierte en padre, madre o los dos al mismo tiempo, termina sin cabello, histérico y comiéndose las uñas. Bueno, aún no soy padre y madre humano, pero sí de un bonito cachorro, el cual me desvela, me desmañana y me hace ver mi suerte.

Lo malo es que yo desvelo, desmañano y le hago ver su suerte al veterinario, quien ya no me puede ver, ya no me toma las llamadas, hasta me hace caras, pero como soy un cliente frecuente, muy frecuente, no me puede mandar a volar, represento una buena entrada de dinero para su negocio.

Y cómo no, al ver a un cachorrito tan chiquito, chiquito, chiquito e inofensivo, que con una patada, una caída, un virus, un gusano y hasta una pisada, se pueda poner mal, cualquiera entra en crisis y es mejor tener el número de emergencias. Por eso, siempre hay que pedirlo.

El caso es que cuando esta bola de pelos llegó a mi casa, me alegró el corazón pero las preocupaciones aumentaron:

¡Nooooo, ya lo lamió un perro! Gritaba preocupado por los parásitos o el parvovirus. Entonces, corría desenfrenadamente al veterinario.

—Buenas tardes ¿Puede atender a mi perrito es que lo lamió un perro?— fue la primera vez que llegué con el médico de mascotas.

—Ok, vamos a revisarlo… No tiene nada, pero es importante que lo mantenga alejado de los perros grandes porque ellos portan muchos virus y lo pueden contagiar. Si ve que hace con espaguetis o amarillo mucoso, son parásitos.

Al otro día:

¡Noooooooo, ahora está haciendo diarrea! Grité al siguiente día y corrí al veterinario porque vi que hacía amarillo mucoso.

—¿Puede atender a mi perrito, es que tiene diarrea amarilla, mucosa?

—Claro, vamos a checar a este lindo animalito… no tiene nada ¿Qué le dio de comer?

—Sobres de carne de Pedigree.

—Por eso le dio diarrea, es la peor comida. Mejor deles estas latitas de carne, son muy buenas y no le hacen daño.

—Ok. Y me puede pasar su número de teléfono.

—Sí, aquí viene el del consultorio.

—No, pero deme su celular por si se pone mal en la noche como ayer con la diarrea.

Y no queriendo, el veterinario me dio su número de celular

****

Al tercer día, el perrito se comió la borra, el polvo y las pelusas de la escoba.

¡Noooooo, ya se comió las pelusas, algo le va a dar!

Eran las 8 de la noche, corrí a la veterinaria y ya estaba cerrado, no me quedó más remedio que llamarlo al celular.

—Veterinario, habla el joven del perrito chiquito, chiquito, chiquito y bonito.

—¿Cuál de todos porque todos los días me vienen a ver jóvenes con perritos chiquitos?

—El que lo fue a ver ayer por la diarrea amarillenta del perrito.

—Ah, es usted ¿Ahora qué le pasó a su perrito?

—Es que se comió unas pelusas.

—Debe de estar observando a su perrito, no deje que se coma nada, absolutamente nada y no le va a pasar nada por comerse las pelusas— me respondió el veterinario con un tono creo que medio molesto.

También lo llevé porque para dormir se queda con la cabecita colgando.

Para que lo desparasitara y  volviera a desparasitar.

Para que lo bañara.

Y lo vacunara, aunque me dijo que aún no lo podía vacunar.

A veces lo llevo porque le siento la pancita muy dura, pero me dice que es porque le doy mucho de comer.

O lo llevo para ver qué tan fino es.

O porque el perrito de César Roa tiene moquillo y como lo acaricia se lo pueda pasar al mío.

El caso, es que ya no duermo, ya no como y ya no vivo, sólo vivo para el perro y el veterinario ya no me toma las llamadas ante una emergencia.

Estoy al borde de la histeria.

Moraleja: mejor consíganse un Tamagochi

¡Claro!, chinguen al veterinario.

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