Viernes, 23 de Junio de 2017

Yona fracasos empresariales

Por Yonadab Cabrera / /

yonachinguen ident

Cuando regresé a CENTRAL como encargado de ventas, me dije a mí mismo Wooooow serás el tiburón de los negocios. Pensé que mi caso de éxito lo usarían en los programas de Discovery, Natgeo o por lo menos llegaría a la revista Expansión.

Serás Yona bussines.

Serás el más rico del mundo en sólo 5 meses.

En 5 meses vivirás de tus comisiones.

Y por supuesto inicié con mis cuentas eloteras: si le vendo publicidad a por lo menos 5 ayuntamientos de a 20 mil pesos, tendré 50 mil en el primer semestre del 2017.

Y pensaba ¿Qué haré con tanto dinero?

Tal vez ponga mi flotilla de mototaxis.

Mi puesto de tacos de pescado.

Y algún otro negocio por si las moscas.

Bien dicen por ahí “soñar no cuesta nada”.

Y después de unos meses, no tengo ni convenios, ni puestos, ni mototaxis ni nada. Pero eso sí, las ganas de hacerme rico nadie me las quita.

Lo sé, es deprimente y muy patético mi caso, pero el día en que Dios había decidido cambiarme la suerte, casi la riego, casi pierdo la inversión que me había llegado por milagro como un regalo divino.

Verán...

Yo estaba muy entretenido tomando mis sacrosantos alimentos. Trataba de comerme mis tostadas de pollo sin terminar batido de crema, salsa, con las manos sucias, queso en el cabello, y el pantalón todo manchado.

Y justo en el momento crítico de la comida, cuando ya estaba todo batido, no había nada qué hacer, nada que salvar, sonó el teléfono de la oficina; yo lo tenía a un lado por lo que no quedó más remedio que contestar.

—Periódico Central, buenas tardes, en qué le puedo servir— léase en voz afable y muy modorra como de mayordomo de telenovela ochentera de Televisa.

—Hola, buenas tardes, habla Jessica de Bienes raíces...

—¡No me interesaaaa! Sáquese con sus propuestas que estoy comiendo, no tengo tiempo— respondí desesperado e impaciente por colgar como cuando te llaman del banco o de alguna empresa de telefonía celular.

—Pero ni siquiera sabe de qué se trata, ni le he dicho el motivo de mi llamada— me respondió la señorita igualada en tono retador y firme.
Entonces, me remordió la conciencia y decidí darle unos segundos de mi tiempo para que me ofreciera casa, departamento o algún lote carísimo.

–Ok, la escucho.

—Hablo para hacerle una oferta de convenio de publicidad. Tenemos muchos clientes y nos interesa abrirnos camino en Puebla y elegimos a Periódico Central como medio de comunicación para darnos a conocer y difundir nuestros servicios.

Cuando dijo eso sentí mucha pena, se me atoró la tostada de pollo, casi escupo el agua de guayaba, casi se me regresa el chile verde y se me viene la vomitada.

—¡Ay diosito santo! perdóneme señorita, es que estoy enfermo y ya sabe entre los dolores de cabeza, el cuerpo cortado, los estornudos, los mareos y lo dopado que ando por tanto medicamento ya ni sé lo que digo y lo que hago.

Discúlpeme, de verdad le ofrezco una disculpa, dígame que me disculpa por favor, necesito saber que me disculpa y que olvidaremos este pequeño incidente.

—Sí, sí, no se preocupe no pasa nada. Le envío la información en unos minutos y ya me dice si le interesa para dar el siguiente paso.

—Ok, pero de verdad discúlpeme ¿Ya le dije que la quiero? Sí, la quiero mucho, gracias por tomarnos en cuenta, le prometo que no le vamos a fallar.

Y ya no dijo más la señorita, me colgó.

Fui un tonto, por mi desesperación e intolerancia a los vendedores por teléfono casi pierdo la inversión de mi vida, la que me permitiría vivir el resto de mi vida sin necesidad de trabajar, ganar mi primer millón y comprarme una casa grande donde quepa mi corazón.

Moraleja: No desprecien a los vendedores que llaman insistentemente a sus teléfonos, tal vez se puedan llevar una sorpresa.

¡Claro! chinguen al guapo.

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