Tuesday, 12 de December de 2017

Comer o no comer, he ahí el dilema

Por Yonadab Cabrera / /

Durante días me estuve saboreando las deliciosas enchiladas verdes que me había preparado mi amiga, la guapísima Lau Valderrabano —coordinadora editorial de CENTRAL—.

Todos pensarán ¿Qué tienen de especial unas enchiladas verdes que en cualquier lado las puede comer?

Pues lo especial —para los que somos de Huauchinango— es la rica salsa y esa manera tan particular que tienen mis paisanas de prepararlas.

Pasé días enteros salivando como Homero Simpson.

Se me hacía agua la boca.

Babeaba.

Sólo pensaba en ¡Mmmmm enchilargaaaas!

Esperaba la hora de la comida para despachármelas.

Pero el destino, Dios, la vida, Arturo Rueda, Viridiana Lozano, Dania Nájera y muchos más impedían que saciara mi antojo.

Lunes

—Amigo Yona, te dejé en el refri tus ricas y suculentas enchiladas verdes como te gustan— exclamó la amiga Lau a sabiendas de lo mucho que me encantan las “enchilargas”.

—Yujúuuuu— muero por comerlas amiga Lau— grité eufóricamente.

Y justo cuando me dirigía al refri, recibí una inesperada llamada.

—Amigooo Yonaaaaa, vente a comer a la casa unas ricas y deliciosas chalupas guerrerenses acompañadas de unas carnitas—, era la voz amigable de Dania.

—Voy para allá amiga—, dudé dos segundos y es que tanto las chalupas guerrerenses como las enchilargas son mi delirio.

Y opté por las chalupas al fin y al cabo que mis enchiladas seguirían esperando por mí.

Martes

—Yona, vamos al Ice and Grill a comer después de la radio— era la amiga La Viris que siempre anda de inquieta viendo dónde comeremos.

—Mmmm, Ice and Grill, por qué no, suena rico— y así dejé nuevamente mis enchiladas verdes estilo Sierra Norte en espera.

Miércoles

Amigo Yona, te invito a comer espaguetis ricos de esos bien sabrosos— era mi gran y siempre elocuente amigo regidor Imán Falino.

—El amigo Imán pero por supuesto, siempre es un placer que me invites a comer y como siempre me postro ante tus pies— ya ni me acordé de las enchiladas, salí corriendo a los espaguetis y sopitas de fideo.

Jueves

Y así llegamos al último día de oficina, con la esperanza de comerme por fin mis enchilargas. Desde la mañana me las empecé a saborear, a babear, a delirar por mis exquisitas enchiladas.

Esperé con muchas ansias la hora de la comida, lamentablemente tuve evento. Luego esperé a que fueran las 4 de la tarde, pero aún no salía de mi evento.

Llegué a la oficina a las 5, pero tuve que hacer mis notas y cada vez era más mi desesperación por comer enchilargas, y mi trabajo cotidiano de reportero chismoso para sacar los secretos me estaba demandando mucho tiempo.

Para no hacerles el cuento largo, a las 7 de la noche me levanté de mi silla, me dirigí al refri, agarré el tupper de la “salsa verde”, lo destapé, luego saqué la charola que contenía las ricas enchiladas, la destapé, acerqué a mi nariz y tuve un deyavu como Anton Ego en Ratatouille.

Vacié la “salsa verde” sobre las enchilargas —cabe mencionar que la cocina de CENTRAL no tiene foco, por lo que es un cuarto oscuro— vi que tenía pedazos de chiles y sospeché que era la manera en que la amiga Lau preparaba las enchilargas.

Las metí al refri y con el paso de los segundos toda la oficina se invadió de un extraño olor.

—¿Se habrán echado a perder? No lo creo—

Terminaron los 2 minutos del horno de microondas, saqué las enchilargas, salí de la cocina.

—¿Qué pedo Yona, qué pusiste a calentar que huele horrible?— expresó  La Viris con su típico tono de muchacha a la que todo le da asco.

—Son mis enchilargas— respondí.

—¡No mames! Eso no huele a enchiladas.

Destapé las enchiladas y en efecto, mis enchiladas sí eran enchiladas pero “la salsa verde” no era salsa verde, le había vaciado todo el bote de chiles en vinagre.

Siiiii, le eché los chiles en vinagre a mis enchiladas.

Y como no había comido nada, moría de hambre.

No iba a tirar mis enchilargas.

Así que tomé aire y me las empecé a comer.

Le di 4 cucharadas y las tuve que tirar, eran incomibles.

¡Incomibleeeeeees!

Y así terminó mi antojo de enchilargas, con una mala experiencia.

¡Maldita Lupita (la del aseo)! Porque ella cambió los chiles en vinagre de lugar y me hizo creer que eran mi salsa verde.

Moraleja: no confíen en las señoras del aseo.

¡Claro, chinguen al guapo!

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